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Vysarane: Capítulo 76 – Vuelta atrás

El tejado se camuflaba tras los múltiples armarios y muebles que habían desperdigados por la estrecha habitación, pero a pesar del desorden, la mirada del mercader estaba fija en el trozo de techo que había liberado ante la cama, en la que ahora yacía agotado, pero incapaz de dormir.

Bert no pudo evitar pensar en su mala suerte, así como en su objetivo, que se había esfumado como sal en el agua al llegar allí…

Después de intentar sumirse en un profundo descanso para olvidar, se incorporó bruscamente de la cama y se dirigió descalzo hacia la puerta, hacia la taberna en el nivel inferior.

Había oído el murmullo constante desde la desordenada habitación, pero al acercarse, este se convirtió en un ensordecedor ruido que inundaba con risotadas el pequeño espacio.

El rostro cansado del mercader se iluminó cuando vio al gordo posadero moverse a la velocidad del rayo para atender a los pueblerinos, ahora más animados que nunca.

—¡’ué!, ¿alguna celebración? —alzó la voz para llamar la atención de Timón, minutos después de acomodarse ante la barra.

—Te ha extrañado ver caras alegres aquí, ¿eh? —sonrió el posadero, mientras secaba el sudor de su frente con su antebrazo—. Esta es la hora en la que todos sonríen… Pero solo con litros de alcohol en sus estómagos, por supuesto. —Agregó y se apoyó en la madera mientras ojeaba a los clientes.

—Ya veo… —Suspiró Bert—. No podía dormir, con el murmullo pensé ‘ue quizá vendríame bien una pinta… —Dijo, mientras colocaba una moneda plateada sobre la barra.

—Sí, tú tienes más razones que ninguno para beber así. —Alzó su mano y le indicó sin palabras que guardara su dinero.

—’espués de ayudarte iré a Ner, ya lo he decidido. —Le agradeció con una ligera reverencia.

—¿La ciudad mercante? Debiste haber ido allí en primer lugar.

—Na’, ahí no me hubiera ocurrido ‘sto, habría terminado llegando a Aben’dil sin más. —Miró como Timón le servía una jarra.

—¿Cuando te irás?

—Dos… quizá tres días, no me llevará más limpiar ‘u habitación. —Contestó.

El tabernero volvió la mirada a un par de jóvenes ebrios.

—¡Otra ronda, maestro! —El más alto de ellos gritó con un fervor contagioso.

—¡Marchando! —Respondió en el mismo tono, Bert sonrió ante la súbita alegría que rebosaba el local.

El mercader esperó mientras le daba otro trago al dulce liquido, sin ocultar su sorpresa ante la velocidad con la que Timón lograba servir las bebidas.

—Te agradezco que hayas decidido ayudarme. —Regresó en menos de un minuto, sin dejar de mirar a los dos jóvenes regresar a su mesa—. Quería hacerte una propuesta. Aunque después de hoy, puede que parezca algo fría… —Agregó.

—’espués de la ayuda que me has prestado, algo díceme que no… —Rio Bert, y apoyó su jarra en la barra para prestar toda su atención a las palabras del posadero.

Timón suspiró.

—Ahora que no tienes mercancía alguna, quizá podría comprar tu carro, llegarás antes a Ner y podrás hacerte con uno allí. —Dijo Timón.

El mercader miró al tabernero, pensativo.

—¿Cuanto? —preguntó.

—Cinco monedas de oro, más veinte de plata por el trabajo cuando termines.

—En Ner deberé buscar un rato por un carro a ‘se precio… —Dudó, pensativo. Pero finalmente, alzó sus manos—. ¡’ué demonios! —gesticuló exageradamente—. Me has ayudado y lo único de valor a mi nombre ahora es ‘sa montura afuera… Trato hecho. —Acercó su mano para estrecharla con el afable tabernero que lo había acogido.

—Si te soy sincero. —Apretó su mano y bajó el tono de voz lo suficiente para no ser escuchado—. He estado esperando esta oportunidad para salir de aquí. Pero ninguno de los mercaderes que llegan a Yrmne querrían en su sano juicio vender su carro, lamento que no sea así para ti.

—Me ha servido para abrir ‘os ojos, no te lamentes. —Contestó Bert, a la vez que pensaba en la motivación de los rebeldes que había condenado en Senfel, después de partir súbitamente.

El mercader recordó a Uimir y todo lo que ese joven había sacrificado en nombre del emperador, incluso antes de perder la vida…

Quería ayudar a que aquello no volviese a ocurrir jamás, y aunque no le agradaba en absoluto, sabía que la persona más indicada para ello era el guerrero que había terminado con la vida de ese ingenuo soldado… Bert dio un largo trago y suspiró, las dos lunas habían querido que su camino lo llevase hasta la ciudad mercante una vez más.

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