Vysarane - Capítulos

Vysarane: Capítulo 1 – La población del mar

Después de un par de semanas, el grupo de delincuentes alcanzó la ciudad costera de Yenua al oeste del continente, con la esperanza de dar con alguien que se encargara de la pequeña huérfana.

Durante el día la joven permanecía completamente en silencio, pero por las noches, no había momento que esta no lloriqueara al revivir pesadillas que es mejor no recordar. Al principio todos soportaron los sollozos de Vysarane, pero a medida que sus llantos nocturnos hicieron mella en el descanso de los mercenarios, todos excepto Helenia comenzaron a pensar que deshacerse de ella sería lo mejor, tanto para el grupo como para la pequeña.

Esta nunca decía nada, durante el día seguía a Helenia cómo un cervatillo sigue a su madre al nacer, pues era la única capaz de aliviar su dolor entre abrazos y dulces cánticos.

—Ven, comamos algo antes de adentrarnos en la ciudad. —Dijo tranquilamente, sorprendida de que la pequeña lograra mantenerse cerca en todo momento, a pesar de su macabra discapacidad.

Los cinco bandidos se habían reunido alrededor de un improvisado fuego en ese día de invierno, y para aliviar su apetito, pusieron dentro de una ruinosa cacerola un conejo desollado y algunos vegetales que habían sobrevivido al largo viaje.

—Hoy comeremos como reyes, después nos haremos con más víveres pero de momento, disfrutad. —Dijo Uren a sus compañeros, orgulloso.

—¿Qué haremos con ella? —preguntó Pevek mientras ojeaba a Vysarane, que comía silenciosamente al lado de Helenia, alejada del fuego.

El líder del grupo dejó escapar un profundo suspiro.

—Espero que podamos encontrar un sitio agradable dónde pueda quedarse en Yenua. —La miró—. sé que a Helenia le romperá el corazón, pero no será capaz de sobrevivir junto a nosotros…

Helenia comió como había hecho todos esos días, apaciblemente a la vez que acariciaba con su otra mano el pelo de la pequeña, para aliviar su temor cada vez que esta tiritaba de frío o de miedo, siendo el cariñoso tacto de la mercenaria lo único que lograba calmarla.

—¿Me vais a abandonar…? —Preguntó súbitamente.

Aquellas palabras se clavaron en el corazón de la guerrera como un puñal afilado con piedra enana.

—¡No! —contestó de inmediato—. No te dejaremos atrás… —Agregó, mientras pensaba en las palabras que su líder había compartido con los demás miembros del grupo mercenario.

—Pero… Ellos quieren dejarme en Yenua… —Alegó Vysarane con voz quebrada y señaló hacia los demás miembros del grupo.

La primera reacción de Helenia fue de reprochar a los miembros del grupo, pero al darle un trago a su cantimplora y refrescar sus ideas, notó que sus compañeros estaban hablando en un tono que ni siquiera ella podía identificar a pesar de la corta distancia.

La joven miró a la pequeña, de la misma forma que un niño mira a un adulto realizando la tarea más mundana, con una profunda admiración por la habilidad de sus mayores.

—¿Puedes oírlos desde aquí? —preguntó suavemente a la vez que le daba una cucharada de sopa. Vysarane asintió con la cabeza mientras comía con desgana la extraña mezcla de alimentos—. ¡Uren! —alzó la voz gentilmente para llamar la atención de los demás—. Ven un momento. —Agregó cuando estos la miraron.

—¿Qué ocurre? —el mercenario se acercó con un trozo de carne entre sus manos y volvió su mirada a la pequeña, con recelo; había notado cómo susurraba algo al oído de su amiga.

—Dice que puede oíros desde aquí, pregunta si la vamos a abandonar en Yenua. —Explicó, acusadora.

—¿Desde aqu…? —La sorpresa del capitán fue interrumpida por una mirada de decepción. Entonces, el bandido suspiró—. ¿De verdad crees que sobrevivirá mucho tiempo junto a nosotros?

—No afuera, pero si la llevamos a Ner tendrá un tejado dónde recostarse… Si nadie más quiere cuidarla, yo me haré cargo de ella, pero no quiero dejarla sola… ni con desconocidos. —Discutió ella.

—Ahh… —Contestó el capitán a la vez que vaciaba el aire de sus pulmones, reconocía perfectamente la bondad de su amiga—. Vysarane —miró a la pequeña—, ¿has podido escucharnos desde aquí?, ¿cómo lo has hecho? —preguntó amablemente.

La niña no contestó, al escuchar la voz de aquel adulto se escondió tras la figura de Helenia y mantuvo la distancia de la misma persona que la había encontrado entre las ruinas de su hogar.

—Su forma de moverse ciertamente es extraña para alguien que no puede ver… No es normal que su oído se haya afinado tanto en tan solo unos días. —Meditó Uren extrañado, sin dejar de posar su atención en Vysarane—. Está bien, nos reuniremos con los demás en Yenua y partiremos hacia Ner, ahí, cuidarás tú de ella. Parece que todavía puede darnos alguna sorpresa… —Cedió, sin poder evitar sentir el alivio de su compañera al pronunciar aquellas palabras.

La noche se cernió sobre los bandidos antes de lo previsto y aunque estaban cerca de Yenua, la población marítima, la única preocupación que tenían era la de ser rechazados por las horripilantes pintas que llevaban, especialmente ahora, que las dos lunas brillaban con más fuerza en el horizonte.

Helenia decidió guardar en su macuto la armadura de cuero para dejar solo una blusa blanca y un pantalón ceñido… Había decidido aprovechar su situación y la joven que el destino había puesto en su camino.

—¡¿Quién va?! —uno de los centinelas guardando la puerta miró con recelo al grupo mientras este se acercaba a la ciudad.

—Déjanos pasar, por las dos diosas, mi hija apenas ha descansado durante el viaje y todos estamos agotados… —Helenia fingió agotamiento y señaló a la niña oculta tras su esbelta figura, más asustada que tímida.

El guarda observó a la pequeña, agarrada fuertemente de la blusa.

—Serán dos monedas de plata por persona… —Dijo, sin dejarse convencer al ver al resto de mercenarios tras ella.

—Me han ayudado a llegar hasta aquí. —Repuso Helenia, con el corazón acelerado, todavía percibía duda en los ojos del soldado.

—Dadme diez monedas de plata, la pequeña puede entrar sin pagar… —Suspiró finalmente, sin llegar a ver el macabro rostro bajo la capucha de Vysarane.

Una vez dentro Uren y Pevek no pudieron evitar soltar el aire acumulado en sus pulmones, liberando la tensión que pasar ese tipo de controles les generaba.

—Vamos, los demás estarán en el puerto. —Dijo el capitán del grupo a sus compañeros mientras atravesaban la calle principal, completamente vacía a esas horas.

Los mercenarios caminaron con seguridad a pesar de la falta de luz hacia La Gran Atalaya, dónde los demás bandidos a su cargo esperaban.

Cuando llegaron a puerto Helenia notó enseguida el nerviosismo de la pequeña.

—¿Qué ocurre?

—¿Qué es ese ruido? —preguntó Vysarane, el sonido de las olas chocando a tan solo unos metros contra el puerto habían provocado ese nuevo temor. Pero Helenia sonrio al comprender.

—Es el mar. En tu pueblo había un río y un pequeño lago pero todos los ríos llegan aquí, a un lago gigaaante. —Hizo un gesto con sus brazos, pero se dio cuenta al instante de su impertinencia y los bajó—. ¿Sabes cómo se llaman? —le preguntó con dulzura para camuflar su vergüenza.

—¿El océano…? —contestó la pequeña.

—¡Sí, exacto! todos los ríos acaban aquí, y este se llama el Océano Feliseo. —Añadió.

Vysarane recordó las historias que su padre le había contado acerca del mar, siempre lo había descrito en sus cuentos como un vasto lago sin final, igual que Helenia.

—¡Vamos! —las apremió Uren desde la entrada de la taberna; todavía debían descansar del largo viaje…

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