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Vysarane: Capítulo 3 – Ner, un mes después

Helenia estaba sentada en la elegante silla al centro de la habitación, esperando tranquilamente.

En el pasillo se comenzaron a escuchar firmes pasos cada vez más cerca. La joven observó como la puerta del despacho se abría lentamente y dejaba ver a su hermano en el pasillo.

—Remmie. —Lo saludó súbitamente cuando este caminó hacia el interior.

Al escuchar su voz el alcalde dio un respingo, no esperaba ver a nadie allí dentro.

—¡Maldita sea! —el joven líder de Ner no había visto desde hacía mucho tiempo a su familiar, y todavía no se acostumbraba al mal hábito que Helenia había perfeccionado a través de los años—. ¡Por las dos lunas!, ¡te he dicho mil veces que me escribas antes de venir a verme! —Le dijo enfadado.

El joven líder recuperó la respiración después de unos segundos y cuando logró calmar sus nervios, miró a su hermana antes de esbozar una sonrisa de lado a lado—.¿¡Dónde te habías metido todo este tiempo!? —alzó los brazos para estrechar a Helenia.

Los dos hermanos compartieron un caluroso abrazo, a pesar de haber vivido tantos años alejados todo seguía como siempre.

—Ya sabes. Aún hay mucho que hacer al sur de la capital. —Dijo Helenia sonriente—. Me habían llegado noticias de tu ascenso. —Añadió, cambiando su tono por uno más sombrío.

—Envié una carta a Yenua cuando llegó la misiva del emperador… —Contestó Remmie—. Me temo que no podré contactar con vosotros a partir de ahora, pero tenía que avisaros antes de guardar silencio… —Dejó escapar un suspiro.

—Hemos vuelto a la ciudad, ahora podremos coordinarnos, ahora podremos comparti…

—No. —La cortó—. Helenia, sé que deseáis lo mejor para nuestra gente y yo más que ninguno sabe lo temible que puede ser el imperio, especialmente en las afueras de la frontera… Pero por fin he logrado tener una oportunidad, una verdadera oportunidad de cambiar las cosas aquí, desde dentro. —Recalcó. Remmie detuvo sus palabras un instante, sabía que el grupo de mercenarios estaba destinado a aparecer tarde o temprano después de enviar su mensaje—. Me he unido al consejo de Ner y tenemos un plan en nuestras manos para hacer crecer la ciudad… Pero me temo que no puedo tener lazos con ninguna persona de vuestro grupo… incluyéndote a ti… —Agregó, apenado.

Helenia soltó un suspiro.

—Cuando Fredwik nos contó lo que habías conseguido aquí, supe que elegir ignorarnos podía ser una posibilidad… —Se lamentó.

—Entrar al consejo me ha otorgado el poder para cambiar esta maldita ciudad, pero a cambio ha puesto un objetivo en mi espalda… Estaré seguro aquí, pero conviene no vernos. Por lo que al imperio respecta tú has desaparecido cómo fugitiva… Y nunca te delataré, pero no puedo asegurar el mismo trato por parte de los demás guerreros del pueblo…

Helenia se acercó a la puerta del despacho.

—Seguiremos ayudando, desde las sombras. Cuando esto termine, todo volverá a ser como antes. —Dijo la joven.

—Si termina… —Murmuró Remmie. La mercenaria suspiró e hizo un ademán por adentrarse al pasillo—. Helenia—La detuvo—. Ten cuidado.

—Tú también. —Se limitó a contestar ella—. Que las lunas te protejan, hermano. —Agregó, antes de abandonar la habitación, con intención de regresar a las calles de Ner.

Remmie apretó con fuerza su puño, mientras se fijaba en los manuscritos y mapas sobre la mesa.

—«Todavía queda mucho por hacer…» —Se lamentó, atormentado por ver a su propia familia en aquella situación tan complicada…

Unos minutos después, la joven mercenaria alcanzó el fin de la ciudad mercante y dirigió sus pasos hacia la puerta de un edificio que a primera vista parecía abandonado.

Al acercarse, tocó la puerta, sin molestarse en repetir los patrones que había acordado con Uren hacía solo unos días, antes de llegar.

A los pocos segundos, Kirstán apareció por el umbral de la ruinosa puerta, sin sorprenderle demasiado encontrar a la joven guerrera delante.

—Has tenido suerte. —Sonrio—. Uren no está para repetirte sus meticulosas contraseñas. —Agregó.

—Aparta, no he tenido un encuentro muy agradable… Maldita sea acabamos de llegar. —Se quejó. A pesar de comprender las intenciones de su hermano, le dolía tener que evitarlo cómo a un vulgar enemigo.

—¿Qué ha pasado? —preguntó el sureño al notar la desilusión en los ojos de su compañera.

—Mi hermano, quiere ayudar a Ner desde dentro…

—¿Y eso es malo? —preguntó Kirstán mientras cerraba la puerta tras la joven.

—También quiere evitar a toda costa hablar con cualquiera de nosotros.

—Ah… —Comprendió el mercenario.

Pero después de un instante su rostro se volvió a iluminar, Helenia reconoció aquel gesto, Kirstán acostumbraba a subir los ánimos durante los tiempos más oscuros y aquella ocasión no sería una excepción—. Paseando por el mercado encontré a un hombre de Nerburg, ven, acompáñame. —Comenzó a explicar, entusiasmado.

—¿Qué has encontrado? —Preguntó ella, antes de ceder ante el optimismo de su camarada.

—Mira, mir… —Señaló hacia la mesa del salón principal, dónde Vysarane aguardaba, rodeada de cascaras de naranja—. ¡Maldit… —El sureño se mordió la lengua, al ver reír a su compañera.

La pequeña había engullido al menos ocho naranjas en el transcurso de solo una hora.

—¿Te gustan? —preguntó Helenia.

Vysarane había reconocido las pisadas de la joven guerrera y a pesar de ello, había elegido terminar con el último fruto que yacía sobre la mesa.

Al escucharla, la niña se limitó a asentir con la cabeza repetidamente.

—Naranjas del sur, de mi tierra. Pensé que podrían animarte. Aunque me temo que debo encontrar a ese mercader una vez más…

—Me alegro que alguien las haya disfrutado de semejante forma. —Contestó ella en el mismo tono mientras observaba como la pequeña intentaba alcanzar una más, en vano.

—Esperad aquí, si hubiera sabido que iban a gustar tanto le habría comprado toda su mercancía. —Dijo Kirstán y dirigió sus pasos hacia el exterior—. Con suerte sigue en la plaza. —Les sonrio mientras abría la puerta.

Helenia miró con esperanza a Vysarane, el miedo que sentía hacía unas semanas se había esfumado y aunque todavía lloraba por las noches, durante el día había notado un ligero cambio en su personalidad, siempre vigilante, siempre queriendo seguir los pasos del grupo.

La mercenaria se acercó a la niña y le hizo la pregunta que había estado rondado su mente durante todos esos días…

—Vysarane. ¿Te gustaría que fuese tu maestra…?

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