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Vysarane: Capítulo 4 – Nuevo comienzo

Kirstán vio de inmediato al vendedor, que a pesar de los cautivadores frutos que había logrado traer desde el sur, ningún aldeano había hecho cola para comprarlos.

—¿No hay suerte con las ventas? —preguntó el sureño, sospechando que aquella escasez de pueblerinos alrededor se debía a las vestimentas que el mercader portaba.

—Me temo que no. —Sonrio el hombre, despreocupado—. ¿Te han gustado? —agregó, sin dejar de mirar al mercenario.

—No las he podido probar, una amiga ha terminado con todas las naranjas sin mi ayuda. —Respondió riendo—. ¿Podrías darme el resto? —Agregó y señaló la cesta repleta del colorido fruto.

El vendedor comenzó a apartar naranjas a un lado mientras Kirstán esperaba.

—Por favor, deja unas cuantas para mi también. —Dijo una voz femenina tras el bandido, que observaba como el mercader sureño no titubeaba a la hora de vaciar la cesta.

—Maestro. —Comentó el mercenario—. Déjale unas cuantas a la jov… —Al girarse para observar el rostro de la mujer, su semblante cambió a uno de completa frialdad—. Tú. —Se limitó a decir, había reconocido de inmediato a Riane, la misma mujer que había formado parte de la liga de las lunas junto a Helenia años atrás…

La joven había cambiado su indumentaria por una oscura y de su cinto solo se podía observar un fino sable que reposaba en su empuñadura, pero lo que más sorprendió a Kirstán fue el pálido rostro de la antigua conocida, repleto de cortes.

—¿Hace cuantos años que no nos vemos? —preguntó ella.

—No los suficientes. —Le contestó secamente el sureño.

—No esperaba veros por Ner. —Posó sus ojos color avellana en el mercenario y delató un resplandor de malicia y diversión.

—¿Qué haces aquí? —la interrogó, no quería tener ningún trato con esa mujer.

—¿No puedo venir a esta bella ciudad para visitar a mis seres queridos? —contestó, haciendo ver como se ofendía ante sus palabras—. ¿Cómo está Helenia? si tú estas aquí, ella también debe estar cerca… —Agregó, sin darle tiempo a responder.

—No te acerques a ella. —La amenazó el sureño, seriamente.

—Maestro. —Riane alzó la voz, sin dejar de mirar a su antiguo aliado—. Dele todas las naranjas, él las apreciará más que yo. —Dijo esbozando una última sonrisa a Kirstán, antes de adentrarse en las calles de la ciudad.

—¿La conocías…? —Preguntó el mercader, había sentido la clara animosidad hacia esa joven por parte de su cliente.

—Demasiado bien… —Suspiró Kirstán, sin dejar de mirar el callejón por dónde había desaparecido.

Cuando regresó al edificio, el joven sureño pudo escuchar a través de las paredes la voz de su líder y por el tono de voz que había adoptado, este no parecía nada satisfecho.

—Acepté traerla hasta aquí para cuidarla, que se uniera a nuestras lineas no entraba en esos planes. —Escuchó la voz de su capitán con claridad, a medida que se adentraba por el umbral de la añeja construcción.

—¿Por qué no? —Replicó Helenia, irritada.

—¡Por qué no puede ver! —Alzó la voz el mercenario—. ¿Qué clase de vida le espera si sigue nuestros pasos sin ojos? —agregó, obviando la discapacidad de Vysarane.

—¿Qué ocurre aquí? —Irrumpió Kirstán mientras dejaba las frutas en la mesa.

—Esta lunática quiere entrenar a Vysarane. —Dijo Uren, con un hilo de decepción en su voz.

—¡Puede correr tras nosotros con seis años! ¡claramente no es cómo los demás ciegos! —insistió ella.

—Aunque sea cierto, ¿de verdad quieres condenarla a una vida como la nuestra? —Miró con severidad a su compañera. Helenia guardó silencio, sin saber como contestar.

El sureño suspiró y se interpuso entre sus dos amigos para intentar calmarlos.

—¿Por qué no dejáis que elija ella su propio destino? —propuso Kirstán, y miró hacia la pequeña, que también había escuchado la discusión entre ambos mercenarios.

El sureño caminó lentamente hacia la niña y se agachó a su lado—. Vysarane, ¿te gustaría seguir junto a nosotros? ¿practicando con Helenia? —le preguntó.

La pequeña alzó el rostro, a pesar de su ceguera podía localizar exactamente dónde se encontraba el alto guerrero dentro de la habitación.

—Quiero… —Respondió después de varios segundos—. Quiero seguir con Helenia… —Se limitó a decir.

Uren suspiró, sabía muy bien que su mundo no era apto para una persona tan joven.

—Ahí lo tenéis, quiere seguir junto a nosotros, o más bien junto a ti. —Miró a su compañera, que no hizo más que sonreír al oír esas palabras.

—Por supuesto que quiere continuar junto a nosotros, somos lo único que le queda… Pero insisto que no es lo ideal para una niña…

—Vamos, vamos, Ner dista de ser el peor lugar dónde vivir. Además, tu mismo comenzaste como escudero de niño, siempre nos lo repites. —Sonrio Kirstán.

—No es lo mismo, servir al imperio aunque haya sido durante mis años más inocentes, dista mucho de tener los mismos riesgos que acompañar a un grupo de criminales. —Replicó el capitán.

—Lo sé, pero Ner está en plena recuperación, es el momento ideal para asentarnos un tiempo. Hasta podremos trabajar honradamente para vivir mientras reunimos información sobre el imperio; me atrevería a decir que junto a nosotros, al menos por ahora, estaría en una situación incluso mejor que la tuya. —Sonrio Kirstán.

—Tranquilo, no planeo llevarla con nosotros en nuestras cacerías, no soy estúpida. —Agregó Helenia, para afirmar las palabras del sureño.

Uren soltó un último suspiro.

—Está bien, cuidarás tú de ella. —Señaló a su amiga.

—Gracias…

—Hay una cosa más… —Murmuró Kirstán, para llamar la atención de ambos al adoptar un semblante sombrío—. La he visto, a Riane…

El rostro de los dos mercenarios se tensó de inmediato.

—¿Estás seguro? —preguntó Uren.

—Se acercó a mi en el mercado, es ella. —Respondió.

Helenia apretó el puño con fuerza, escuchar el nombre de su antigua amiga solo le traía recuerdos de dolor.

La joven se incorporó, cogió una de las naranjas que Kirstán había traído y caminó hacia Vysarane.

—Ve afuera, puedes comértela mientras esperas, te avisaré cuando puedas volver. —Acarició su pelo con dulzura y le ofreció el colorido fruto.

La pequeña caminó hacia la puerta nerviosa, pero obedeció a esa nueva figura materna sin rechistar y cerró la puerta al salir.

Después de varios segundos Helenia comenzó a hablar.

—Hay que matarla. —Dijo, yendo al grano.

—Ah… —Suspiró Kirstán—. ¿No acabas de decir que la mantendrás a salvo? —le recordó el sureño—. Buscar a esa asesina en medio de Ner dista de ser sutil, incluso para ti. —Agregó.

—No solo eso. —Comenzó a hablar Uren—. Ella no es la clase de persona que podamos confrontar sin un plan… ¿Viste hacia dónde se dirigía?

—Se perdió entre las calles del pueblo… Creí que seguirla sería imprudente.

—Sí, si fue ella quién se acercó a ti has hecho lo correcto… —Puntualizó el capitán—. Pero me preocupa que esté aquí, pensaba que seguiría en Senfel… —Agregó pensativo.

—Aún no sabemos si se está quedando aquí… —Comentó Helenia, a la vez que intentaba comprender las intenciones de su antigua compañera. Apenas un segundo después la joven se incorporó, decidida—. Voy a dar un paseo, necesito despejarme. —Suspiró. Pensar en el pasado le hacía recordar memorias que prefería olvidar—. Podemos discutir qué hacer cuando los demás regresen. —Agregó.

—Está bien… —Contestó Uren.

—Toma. —Dijo Kirstán, y le arrojó una de las naranjas que le había prometido—. Te sentará bien. —Sonrio.

Helenia atrapó el fruto al vuelo y esbozó una sonrisa apagada, a la vez que reanudaba sus pasos hacia el exterior.

—Gracias. —Se despidió.

Ambos guerreros miraban como la puerta se cerraba tras su compañera.

—No crees que haya ido a buscarla… ¿No? —Preguntó el sureño, preocupado.

—Lo dudo…—Contestó Uren—. Ahora querrá estar unos momentos a solas con él… —Añadió sombrío.

—Ya hace tres años… —Dijo Kirstán, apenado.

—Llama a Vysarane, ¿quieres? No me siento seguro con ella pululando por los alrededores de la casa… —Le dijo al guerrero, sin ánimos de recordar el pasado.

El sureño miró a su líder y asintió con la cabeza.

Uren caminó lentamente hasta su habitación, el interior de la misma solo tenía un baúl, una cama y una pequeña mesa donde dejaba sus bienes cada vez que se encontraban en Ner.

Encima, reposaba un viejo brazalete de cuero desgastado.

El bandido lo tomó entre sus manos con ojos llorosos, a pesar de sus intenciones, no recordar era casi imposible cuando escuchaba el nombre de esa mujer; cuando escuchaba el nombre de la asesina que terminó con la vida de su querido hermano.

—Ya queda menos… —Murmuró para si—. Esos malnacidos pagarán, Elanor…

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