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Vysarane: Capítulo 6 – El concilio de Ner

—¡Os avisé!, ¡os dije que esto pasaría si no cumplíamos con el tributo de la región! —alzó la voz Yldur, sin dejar de mirar al alcalde y su capitán.

—¿Cuando llegará? —Preguntó Norwin al imponente mercader.

—Mis hombres los han avistado cerca de Benos hace una semana… Si vienen a caballo, mañana, pasado a más tardar. —Contestó en un tono cansado.

Tanto Remmie cómo Norwin soltaron un suspiro, apenas tenían tiempo para prepararse.

—Intentemos arreglar todo esto de forma paci… —El chirrido de la puerta interrumpió al líder de la ciudad mercante.

—Mi señor… Este hombre ha insistido en dejarle pasar… —Dijo la voz de Derward, uno de los guardias más jóvenes.

—Calla chico, no soy cualquier hombre. —Contestó la experimentada voz de una serpiente.

—Uryon. —Comentó Remmie al ver a ese antiguo conocido—. ¿Te ha enviado el emperador? —agregó y lo observó con cautela.

—No. —Apartó una de las sillas—. Tendriel me envía. —Se acomodó enseguida.

Uryon rondaría los cuarenta, pero su cinismo, su seguridad, así como su gran experiencia, a menudo le hacían ganar el favor de los más poderosos y para su conveniencia pocos eran los que no lograba manipular a su merced.

—¿Qué haces ahí todavía? —miró a Derward, que todavía no sabía si permitir la súbita intrusión del extraño personaje—. ¿Acaso no sabes quién soy?

—Nos puedes dejar a solas. —Lo interrumpió Remmie y liberó al joven guarda del noble imperial.

—Cómo ordenéis… —El joven soldado asintió y dejó escapar el aire de sus pulmones, antes de cerrar la puerta del concilio.

—Habéis despertado cierto interés en el emperador. —Comenzó el noble, una vez salió el centinela.

—Una vez comprueben con sus propios ojos la diferencia que reducir el trib… —Se apresuró a contestar Remmie, pero fue interrumpido de inmediato.

—Ese trabajo está reservado para Tendriel, él será quién ponga orden en las múltiples cuentas que han aparecido aquí.

—El emperador debe saber que esos tributos han ayudando a la completa reconstrucción de la ciudad más grande del imperio, después de Aben’dil. —Contestó Yldur.

Uryon suspiró.

—Frolic solo desea mantener el control en el centro. Por eso decidió… Asegurarse.

—¿De qué? —preguntó Remmie.

—¿De qué sino?, de conseguir que las tierras del imperio funcionen exactamente como deberían, pero por mucho apego que le tengas a tus altercados con el emperador, no fue él quién propuso la idea, ese honor está reservado para Tendriel. Él me envió para explicaros la situación, dijo que teníais ciertas… Rencillas.

El semblante de los miembros del consejo se ensombreció, todos excepto el de Remmie.

—Hemos servido el interés del imperio así como el de su gente aquí, no tenemos nada que ocultar. —Contestó con seguridad.

—Os creo, de veras, pero como ya he dicho no es mi trabajo corroborarlo, solo estoy aquí para garantizar que Tendriel y los demás tengan un lugar donde descansar acorde a su nuevo estatus cuando lleguen. Las discusiones sobre quién o qué ha cambiado dentro de la ciudad podrán esperar. —Recalcó Uryon.

—¿Su estatus? —rio Yldur—. ¿Acaso no tiene suficiente con su «humilde» morada en las afueras? —agregó el mercader con sarcasmo.

—No en el estado que se encuentra. Hubiera creido que vuestros centinelas bastarían para evitar que saquearan su parcela indiscriminadamente, pero veo que me equivocaba. —Explicó con desdén.

—Mis hombres hacen todo lo que pueden con lo que se les otorga del gobierno central, ¿sabes cuantos bandidos han habido los últimos dos años?

—Los suficientes como para hacernos intervenir. —Se incorporó el noble, al comprobar que no había mucho más de lo que hablar hasta que llegara su compañero—. Adiós caballeros, aseguraos de encontrar un lugar para Tendriel. Nos veremos en unos días. —Se despidió fríamente.

—Que las lunas te protejan. —Alzó la voz Remmie, mientras lo veía salir.

Después de un minuto, los tres lideres dejaron escapar un suspiro al unisono.

—Esa asquerosa sanguijuela. —Maldijo el mercader—. ¿Habéis visto cómo nos miraba? ¡cómo a sucias lombrices! —agregó con rabia.

—No se aleja mucho de su realidad… —Comentó Norwin, apesadumbrado—. Si no cuidamos nuestras espaldas, este pelotón de Tendriel puede significar nuestro final. —Dijo.

—Oh, si las cosas llegan a ese extremo, ten por seguro que no me quedaré para ver cómo resulta todo esto. —Contestó Yldur.

—Todavía contamos con el apoyo de la ciudad, no pueden acabar con nosotros así como así, no directamente. —Meditó el alcalde.

—¿No estáis saltando a conclusiones desorbitadas? —preguntó el mercader, a la vez que hacía un gesto para que recobraran la cordura—. Odio tanto como vosotros a Uryon, pero quizá podamos llegar a un trato con ellos. —Agregó.

—Las diosas te oigan, Uryon y Tendriel haciendo un trato que garantice el bien de los demás. ¿De veras crees esas palabras? —Se burló el alcalde.

El mercader suspiró, irritado.

—No confío en ellos, pero escucharé lo que tengan que decir, si estamos equivocados y se trata de una honesta confusión, solo dañaremos nuestra imagen ante el emperador. —Se levantó finalmente y dirigió sus pasos con lentitud hacia el pasillo—. Incluso alguien como yo puede ver el bien que el imperio todavía alberga… A pesar de los malnacidos que lo controlan. —Agregó y abrió la puerta mientras echaba un último vistazo al alcalde y su capitán—. Que las lunas os protejan. —Se despidió.

—Ve a buscar un lugar donde se puedan quedar, algo me dice que Uryon regresará para que le llevemos a los lujosos locales de la ciudad. —Rio Remmie.

—Entonces… ¿El cuervo blanco? —Contestó Norwin en el mismo tono, sin dejar de mostrar su sarcasmo a pesar de todo…

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