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Vysarane: Capítulo 15 – Luz de luna

Los dos mercenarios miraron con detenimiento la misiva destrozada, e intentaron reorganizar el papel para sacar algo de valor del destrozado mensaje.

Al lado, Vysarane solo escuchaba a Pevek y Kirstán discutir sobre cómo colocar los fragmentos para que tuviera sentido, sin que ninguno llegara a un escrito con lógica suficiente como para convencer al otro.

—Estamos estancados… —Dijo el sureño, a la vez que miraba con creciente desagrado la pista que la joven había encontrado.

—«Helenia… Ner…» —Murmuró Pevek, pensativo—. De las palabras completas, estas son las únicas que puedo encontrarles sentido. Si el lobo gris te atacó, Riane está detrás de esto también, y está claro que la iglesia de las dos lunas la habrá enviado por ella… —Comentó—. Pero no entiendo las demás palabras del mensaje… O cómo supo que eras su aliado. —Agregó.

—Riane habrá descrito a quién atacar. —Contestó el sureño.

—Helenia sabría cómo descifrarlo. —Dijo Vysarane desde el otro lado de la mesa, cansada de esperar a que los dos adultos llegaran a un acuerdo con el manuscrito.

—Es posible, pero si me siguieron hasta el bosque, todavía tendrán ojos sobre mi, o quizá sobre todos nosotros, sería imprudente guiarlos directamente hasta ella. —Explicó el sureño.

—A mi no me conocen. —Alegó la adolescente—. Podría llevarle la misiva directamente. —Añadió.

—No sabemos si alguien nos vio merodear por el sendero en el bosque, es posible que no sea seguro…

—Sí lo sabemos. —Contestó ella—. Si hubiese habido alguien cerca, lo habría escuchado.

Pevek se volvió en su asiento y posó su mirada en la joven y después en Kirstán.

—Ayer me hubiera negado rotundamente, pero después de oír lo que ha hecho en el pueblo y ver cómo encontró esta maldita nota, deberíamos dejarla. —Dijo al sureño—. Helenia puede descifrar el mensaje, y nadie se fijará en ella. —Agregó con un gesto a Vysarane.

—Esos bandidos no son lo único que me preocupa, Tendriel y los demás lideres de la ciudad también te han visto, ¿qué harás si te topas con alguno de ellos? —le preguntó directamente.

—Su voz, puedo reconocerla, si alguno de ellos está cerca me esconderé, cuando salga de Ner será imposible que me encuentre nadie. —Aseguró la intrépida adolescente.

Kirstán dejó escapar un suspiro.

—¿Te podrás alimentar sola?

—Sí.

—¿Qué harás si ves un grupo de bandidos?

—Esconderme hasta que estén lejos.

—¿Y si son imperiales?

—Esconderme… Y escuchar lo que dicen.

—Escapar, debes escapar sin que te vean. —La regañó el sureño, mientras asimilaba la nueva misión que su joven pupila iba a embarcar.

Kirstán suspiró.

—Helenia fue al oeste, detrás del río, está en una pequeña aldea. —Dijo finalmente—. Si vas rápido, tardarás menos de un día. —Agregó.

La joven se levantó de su asiento.

—Escribiré todo lo que aparece en el mensaje… O lo que queda de él. —La imitó Pevek, y se dirigió hacia su habitación.

—¿Sabrás cómo regresar una vez se lo entregues? —preguntó el sureño, sin estar seguro de lo que estaban a punto de encargar a la más joven del grupo.

—Si encuentro la aldea, sí. —Le aseguró Vysarane, con convicción de acero.

Kirstán no respondió de inmediato, se limitó a esbozar una amplia sonrisa y bajar lentamente la cabeza.

—Está bien, depositaremos nuestra confianza en ti. Pero por el amor de Torin, ten cuidado. Las afueras del pueblo es dónde nuestros enemigos tienen vía libre para terminar con nosotros, nunca lo olvides. —Explicó.

—No lo haré. —Respondió en el mismo tono que había mantenido todo ese rato.

Pevek regresó con el único tintero que había en el demacrado edificio en su mano y en la otra, un trozo de papel prístino, que lograría aguantar mejor los elementos a los que Vysarane se iba a exponer de camino hasta su maestra.

—Cuéntale también todo lo que has oído de Tendriel y los demás imperiales, debe saber que no es seguro para ella poner un pie en la ciudad. —Dijo el mercenario, y entregó la copia de aquella extraña misiva a la adolescente una vez la terminó—. No se la des a nadie más, si por cualquier razón te ves rodeada, destrózala, a ser posible sin ser vista. —Añadió.

Vysarane estaba repasando mentalmente los consejos que le habían dado a lo largo de los años, así como las palabras que esos dos compartían con ella ahora, ante el nerviosismo que sentían al dejar ir a la miembro más joven del grupo.

—Saldré ahora, mientras sea de noche. —Dijo al notar el silencio que aún impregnaba las calles de Ner.

Kirstán no pudo contenerse, antes de dejarla ir se acercó y la abrazó con fuerza.

—Ten cuidado. —Sonrió, sin soltarla.

—Vamos, vamos. —Rio Pevek—. Solo va a la aldea de al lado. —Agregó.

Vysarane se deshizo de la trampa mortal que era Kirstán cuando se emocionaba, y se libró de sus brazos.

—Ahh… —Sonrió, a pesar de lo cargante que le parecían los demás mercenarios del grupo, esas muestras de afección le recordaba a la calidez que su familia le daba antes de perder su vista, siendo ahora poco más que un lejano pensamiento…

—Volveré mañana. Estad tranquilos. —Esbozó una sonrisa, y se alejó finalmente de los dos guerreros, para salir por la puerta trasera de la guarida…

Una vez afuera, la joven sintió la suave y fría brisa que soplaba desde hacía varías noches, aquel aire le recordaba al clima de su antigua aldea y a pesar de los años, todavía sentía un vacío en su interior cuando pensaba en aquella fatídica noche.

Vysarane había aprendido desde muy pequeña lo finita que podía resultar la vida, pero aquello había despertado gratitud en ella. Y después de ser rescatada de los escombros en su antigua aldea, sentía una gran responsabilidad hacia el afable grupo de bandidos.

De niña había crecido pensando que aquellos portando ese nombre no eran más que malhechores sin escrúpulos, pero después de ser acogida, comprendió muy bien que ahora Helenia y los demás eran lo más cercano a una segunda familia para ella.

Llevaba mucho tiempo queriendo pagar lo que habían hecho por ayudarla, y ese momento había llegado, ahora podía emplear su extraña habilidad para ayudar a los que habían encontrado y acogido a esa niña asustada hacía años; por fin tenía la fuerza para actuar contra las fuerzas que habían terminado con su familia en el lindero del gran bosque… Su misión personal por fin había comenzado.

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