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Vysarane: Capítulo 22 – Un alegre beodo

Remmie caminaba tranquilamente junto a Norwin por las calles de su ciudad a pesar de la hora, decidido a detener las acciones de los comandantes que acababan de llegar desde Aben’dil, cerca del cuervo blanco.

La ira se palpaba en su rostro cada vez que se cruzaban con una patrulla imperial, la mayoría formada por miembros de la guardia de Ner.

—¡Vosotros! —exclamó el líder de los centinelas, para llamar la atención a cada grupo de guerreros con los que se topaban—. ¿Quién os ha ordenado vigilar las calles? —se acercó, compartiendo los sentimientos de su comandante.

—No hace falta. —Lo detuvo Remmie—. Ya sabes de sobras quién ha ordenado esto. —Agregó enfadado.

Norwin se volvió hacia su líder y dejó escapar un suspiro.

—¡Regresad al cuartel en este mismo instante, esta ciudad todavía sigue bajo nuestras ordenes! —alzó la voz, mirando al grupo.

—Tendriel… —Comenzó a hablar uno de ellos, interrumpido de inmediato por el alcalde de la ciudad.

—Yo me ocuparé de Tendriel, nuestra ciudad no es su maldita mansión. —Lo cortó Remmie, decepcionado.

La patrulla titubeó, pero obedeció al alcalde inmediatamente después.

—Espera. —Dijo Norwin—. ¿Qué propósito os ha dado ese general?

—Buscar a una joven de pelo plateado y un par de bandidos ocultándose en la ciudad… Pensamos que habías sido tú quién propuso la búsqueda… —Contestó el guerrero.

—El grupo de Helenia… —Susurró Remmie, y miró a su capitán—. Ha usado mi nombre para buscarlos. —Agregó, visiblemente enfadado—. Id, esos mercenarios no serán tan estúpidos como para salir a las calles en plena búsqueda, Tendriel os está haciendo perder el tiempo. —Alzó la voz, y reanudó el rumbo hacia la taberna.

El grupo de soldados se retiró hacia el cuartel de la ciudad, entre anonadados y confusos.

Al divisar la pared de piedra del local, así cómo el reconocible cartel que colgaba encima de la puerta, ambos humanos respiraron antes de acercarse para empujar la madera maciza, y procuraron calmar su enfado para evitar mostrarlo ante Tendriel.

Remmie fue el primero en entrar y mirar hacia las mesas de la taberna, solo ocupadas por un par de grupos pequeños pero sin señal alguna del general imperial.

—Maestro. —Alzó la voz para ser escuchado desde la entrada, a la vez que acercaba sus pasos hacia la barra dónde el tabernero esperaba, sin poder evitar mirar con recelo al alcalde.

—¿Remmie?, ¿qué haces tú por aquí a estas horas? —preguntó sorprendido, mientras se echaba la toalla que estaba empleando para secar las jarras al hombro.

—Me temo que es el deber, y no la bebida quién me ha traído, ¿está el general? —preguntó.

—¿El de la capital?, salió hace un rato acompañado de tres soldados, no dijo dónde iba… Y tampoco me atreví a preguntar… Valiente malnacido. —Murmuró.

Norwin dejó escapar un suspiro de frustración, y ojeó una vez más el interior del oscuro local, ningún ciudadano estaba contento con la presencia del comandante imperial en su pueblo.

—¿Qué ocurre ahí fuera? no escuchaba semejante barullo desde el festival de las lunas gemelas… —Agregó el viejo posadero.

—Solo una pequeña búsqueda, hay algunos bandidos merodeando cerca y creemos que pueden haberse resguardado en el pueblo, nada grave. —Contestó Remmie.

El viejo miró a su líder receloso, pero no dijo nada.

—Quizá podáis buscar en su mansión… Aunque solo las diosas saben qué estará haciendo si ha ido hasta allí de madrugada. —Dijo, y vio cómo uno de sus clientes se tambaleaba con torpeza hacia las escaleras—. ¡Eh!, ¡coge las llaves antes de subir!, si este enano debe volver a bajar, caerá de bruces y nos hará un agujero… —Murmuró al alcalde y a su capitán.

El viejo neari giró su rostro con lentitud, y posó su mirada en el hombre que le había gritado.

—¿Iseldar te’gra mir’ra? —ninguno de los humanos comprendió el idioma de las montañas, y se limitaron a devolver una mirada de desconcierto—. Perdón… —Agregó inmediatamente después con el rostro colorado, su embriaguez era más que evidente—. No record…aba haberte dejado la llave… —Sus palabras eran interrumpidas por el hipo que el alcohol le provocaba.

—Toma ve a dormir, mañana será un nuevo día… —Le dio una palmada en el hombro el tabernero, mientras le entregaba la llave de su habitación—. Recuerda, segunda habitación a la izquierda. —Agregó, para asegurarse de ser escuchado.

El neari se alejó dando tumbos por la gran habitación sin decir palabra alguna, solo le interesaba echarse sobre la cama que había conseguido al llegar a esa ciudad lejana.

—Tres días haciendo lo mismo… —Suspiró el tabernero.

—¿Era…? —Preguntó Norwin, y se fijó una vez más en el enano.

—Reikiavik. —Contestó Remmie, todavía miraba con desconfianza al enviado de las montañas mientras subía los peldaños de la posada—. Reconocería su voz hasta en las orillas de Sanera, no hay duda. —Agregó, sin comprender el decrepito estado de ese líder.

—¿Qué hace aquí…? —Preguntó el capitán.

—No lo sé… Pero se está alojando en la misma posada que Tendriel… —Murmuró Remmie—. Vámonos, aún no sabe que hemos estado aquí. —Añadió y dirigió sus pisadas de inmediato hacia la puerta.

—¿Qué?, ¿por qué? —Norwin no comprendió.

—Tendriel ha hecho traer a uno de los lideres de Gur’kal, o Reikiavik ha elegido venir por voluntad propia… Pero en ninguno de los casos hemos sido avisados, están tramando algo y no quieren que sepamos nada. —Explicó de inmediato el alcalde, y alzó la mano para despedirse del posadero—. Vamos haremos lo que ha propuesto él, iremos a ver el hogar de ese joven engreído esta misma noche. —Agregó con un ápice de ira, antes de salir a las calles de su ciudad nuevamente…

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