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Vysarane: Capítulo 23 – El padre Bastián

El súbito silencio que encontraron mientras se adentraban en la foresta puso nerviosa a Helenia, que podía ver a duras penas lo que ocurría a su alrededor.

Pero cuando divisó una tenue iluminación desde lo más alto del sagrado edificio dónde cada noche prendían una enorme antorcha para velar por el pueblo, sintió como un profundo peso abandonaba su cuerpo.

—¿Oyes a alguien? —preguntó a su pupila, confiaba en no encontrar imperiales dentro del edificio, pero afuera era distinto…

Vysarane negó con la cabeza, solo podía identificar el sonido del viento chocar contra las partes más altas del edificio, pero entre la maleza solo oía a su maestra.

—No hay nadie. —contestó.

La mercenaria se incorporó y se fijó en la entrada principal del monasterio.

—Espera aquí, iré primero. Acércate solo cuando te lo diga y si aparece algún imperial desde el interior, corre. —Advirtió a la joven.

Vysarane suspiró, y aceptó sin decir nada.

Helenia caminó con suavidad hacia la gran puerta, en ella habían esculpidas dos grandes figuras femeninas de madera, con un circulo que representaba cada luna justo encima.

La mercenaria respiró e hizo chocar con fuerza el herraje de la puerta.

Después de un largo minuto, la puerta se abrió lentamente, y emitió un característico chirrido.

—¿Quién va? —preguntó una agradable voz, tan grave como la del enano más anciano en la cordillera—. ¡Oh! —exclamó al posar su cansada mirada sobre la mercenaria. Era Bastián, uno de los lideres más antiguos de la liga de las lunas.

—Hola. —Sonrió Helenia, hacía años que no veía a ningun miembro de su antigua hermandad.

—¿Qué haces aquí?, pensaba que habías renegado del camino de las dos diosas. —Contestó el anciano, y miró con desaprobación los atuendos de su antigua pupila.

—Me temo han ocurrido muchas cosas desde que partí, ¿podríamos quedarnos esta noche en la iglesia?, ¿por los viejos tiempos? —agregó.

—¿Podríamos? —preguntó Bastián, y miró alrededor de la mercenaria, sin encontrar a ninguna persona junto a ella.

—¡Ven! —alzó la voz, e hizo que la joven bandida se asomara de su escondite—. Se llama Vysarane, la estoy entrenando como hiciste conmigo. —Miró al sacerdote, que observó fijamente la figura de la adolescente.

—¿Y una joven como ella da la talla? —comentó al ver los vendajes que cubrían el rostro de la joven.

Antes de poder contestar a su pregunta, el hombre entró al edificio e hizo un gesto con la mano para que lo siguieran.

—Venid, si has acudido a mi para resguardarte de Frolic debe estar bastante agitado ahí fuera.

Helenia suspiró y esbozó una apática sonrisa, antes de caminar hacia el interior.

—No me gusta. —Susurró Vysarane, siempre al lado de su maestra.

—Tranquila, es algo brusco y su mente vuela más que la de los demás, pero tiene buen corazón. —Le aseguró en el mismo tono.

Al entrar, Helenia se fijó en los candelabros prendidos a ambos lados de la enorme habitación, que iluminaban tenuemente el santuario y reflejaban las hermosas cristaleras conteniendo diversos retratos de las dos diosas.

A Vysarane le conmovió el profundo silencio que había dentro, solo interrumpido por los pasos de su guía.

—Tranquilas los jóvenes llegarán al alba, esta noche soy el único aquí. —Le dijo a Helenia, y mostró una amplia sonrisa—. Tú. —Miró a la joven—. Duerme ahí, en la esquina hay una cama que te servirá. —Agregó mientras abría la puerta hacia un pequeño cuarto.

Una sola ventana dejaba entrar la luz de las lunas, era tan pequeña que apenas servía para iluminar la penumbra dentro; pero a pesar de ello, ambos observaron como Vysarane se movía grácilmente hacia dónde este le había indicado.

—Me gustaría hablar, a solas. —Se volvió nuevamente hacia Helenia.

La guerrera estaba cansada, pero aceptó la propuesta de su antiguo compañero sin miramientos.

—Intenta dormir, vendré después. —Le dijo a Vysarane. La mercenaria cerró la puerta y dejó sola a su pupila—. Vamos a la torre. —Propuso la guerrera, sabía muy bien que hablar en cualquier otro lugar del edificio tendría cómo consecuencia ser escuchados por la adolescente.

—He oído que Riane ha regresado a la ciudad, hace unos años vino a verme, antes de viajar a la capital. —Comentó Bastián, mientras se esforzaba en recordar los detalles de aquella noche hacía tanto tiempo—. Me habló de ti entonces. —Agregó.

—¿Qué quería…?

El sacerdote se echó a reír mientras guiaba a Helenia hacia las escaleras, para llevarla hasta la cima de la iglesia.

—¿De veras crees que me lo habría dicho de haberle preguntado? —miró con escepticismo a la joven—. Si se dirigía a Aben’dil debía haber algo allí que la hiciese regresar…

Ambos se sumieron en un profundo silencio al recordar los tiempos pasados cerca de la capital, mientras comenzaban a subir por el oscuro corredor.

—Todavía te está buscando, a ti y a Uren. —Agregó después de varios segundos.

—Yo también la busco. —Contestó Helenia en un tono cargado de ira.

—Harías bien en dejarlo ir. La venganza siempre se le ha dado mejor a ella. —Puntualizó Bastián.

—Mató a Elanor, estoy dispuesta a arriesgarme.

—¿Y a ella?, ¿estás dispuesta a arriesgar su vida por tu sed de venganza? —preguntó el sacerdote, y detuvo sus pasos un segundo, a punto de alcanzar la cima del sagrado edifico—. No eres la única que ha perdido seres queridos, Elanor fue asesinado a sangre fría, pero sabía muy bien que pertenecer a nuestra liga podía tener consecuencias. Desafortunadamente para él, pagó el precio más alto mientras luchaba por lo que creía justo…

Helenia escuchó atentamente las palabras de Bastián, pero no podía suprimir así como así ese sentimiento que la consumía por dentro…

—Lo siento… pero no puedo. —Contestó ella, mientras veía cómo su antiguo maestro se limitaba a suspirar.

Al pisar el suelo de tejado la mercenaria posó su mirada en la distancia, podía ver desde ahí las luces que iluminaban Ner durante la noche.

—A todo guerrero le llega su final en el campo de batalla, los que siguen con vida todavía no han aprendido esa lección, tenlo en cuenta mientras esa joven siga bajo tu tutela. Si está con vosotros debe haber pasado por mucho… —Comentó el sacerdote, e imitó a la mercenaria—. Pero si aun así estas dispuesta a confrontarla. Tengo algo que quizá te pueda servir… —Agregó después de unos segundos—. ¿Por qué crees que Riane y ese general del imperio han llegado a la ciudad en fechas tan cercanas? —le preguntó a la mercenaria.

Helenia ató cabos de inmediato.

—¿Fue a la capital para pedir ayuda al imperio…? —Frunció el ceño—. La iglesia jamás aceptaría su comportamiento. —Agregó.

—Es Riane de quién estamos hablando, ¿desde cuando le ha importado lo que piensen los demás?, además es con el ejército imperial con quién debe tener trato, no con los lideres de nuestra liga. —Contestó Bastián.

—¿Estás seguro de que no se trata de una mera casualidad? —preguntó ella, mientras meditaba las palabras de su antiguo maestro.

—Antes de marcharse a Senfel, Uren pasó por aquí y me contó sobre la llegada de Tendriel. No puedo asegurarte que trabajen juntos, pero no considerar esa posibilidad dadas las circunstancias es lo más estúpido que podríais hacer ahora; ambos os quieren ver muertos y tienen la capacidad para conseguirlo, si unen fuerzas no terminará bien para vosotros. —Advirtió el sacerdote, mientras observaba las antorchas imperiales pulular en la lejanía.

Helenia esbozó una radiante sonrisa.

—Que las unan. Así solo tendremos que centrarnos en una sola misión.

Bastián se echó a reír.

—Ahora puedo ver que no has cambiado tanto como pensaba.

—¿Por qué? —miró a su maestro y alzó una ceja.

—Sigues siendo mi pupila más valiente. —Sonrió—. De las más necias. Pero la más valiente, al fin y al cabo… —Agregó, entre risas.

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