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Vysarane: Capítulo 29 – Oídos en la penumbra

Helenia observó el desordenado aspecto que tenía el hogar de Remmie, después de todos esos años el interior de aquel afable lugar se había convertido en un autentico caos. Decenas de misivas sin completar estaban desperdigadas por toda la habitación, así cómo tinteros gastados por el suelo, enterrando en un mar de papel y liquido negro el orden que recordaba en el hogar de su hermano.

—Bastián me lo advirtió… —Murmuró la mercenaria, al escuchar sobre la súbita alianza de Riane con Tendriel.

—¿Bastián?, ¿el sacerdote? —preguntó Norwin, sin comprender, mientras ojeaba de manera intermitente por la ventana del edificio, paranoico.

—Venimos de allí, tuvimos que escapar con el grupo de Riane pisándonos los talones. —Explicó la mercenaria sin poder evitar apretar el puño con fuerza—. Si Vysarane no hubiera estado conmigo le hubiera plantado cara en el bosque… —Agregó, sin disimular la rabia que sentía en su interior.

—Espera, ¿Riane ha atacado el monasterio? —preguntó Remmie sin ocultar su horror.

—No lo vimos, pero ella lo escuchó… —Señaló a Vysarane, que oía atentamente la conversación.

El alcalde dio un poderoso golpe sobre la mesa, al comprender de inmediato por qué se habían aliado esos dos grupos.

—Están haciendo el trabajo sucio de ese malnacido. —Dijo con rabia.

—¿Pero porqué…? No se me ocurre qué puede haberle ofrecido el imperio a cambio de su ayuda… Riane no es precisamente la mejor persona a la que acudir con una propuesta. —Dijo Norwin, conocía perfectamente la caótica personalidad de la antigua integrante de la liga de las dos lunas.

—Porqué estoy aquí, quiere verme muerta. —Contestó Helenia, sin disimular la ira que ese pensamiento le provocaba.

Remmie observó a través de la ventana, y vio el sol en su cenit.

—Debéis esconderos, pronto llegará Tendriel y su séquito de lameculos. —Comenzó a caminar hacia la pared de la habitación, dónde se encontraba la chimenea.

—Ingenioso. —Comentó Vysarane, al percibir antes que ninguno dónde pretendía esconderlas.

El alcalde miró a la adolescente, y después sacó la gran placa de piedra que cubría el agujero justo debajo, dónde se almacenaba la leña a punto de ser chamuscada.

—Después de escuchar que Riane y su grupo de asesinos rondaban por Ner, decidí construirlo, si necesitáis escapar, este túnel lleva hasta la parte trasera de mi casa, pero me gustaría que os quedarais hasta que Tendriel se vaya… Si decide acabar con nosotros, quiero que alguien sepa qué hemos discutido aquí hoy… —Titubeó, al considerar muy seriamente aquella posibilidad, especialmente después de ver la reunión clandestina en la mansión del general imperial.

Helenia dejó escapar un suspiro de preocupación.

—Escucharemos vuestra pequeña reunión, pero por las dos diosas, tened cuidado y no hagáis ninguna tontería… —Comentó.

—¿Como querer quedarse atrás para combatir contra un grupo de bandidos a solas? —contestó Remmie con una sonrisa, para señalar la hipocresía de su hermana.

La mercenaria no contestó, y miró entre divertida e irritada a su familiar.

—Los dos tenemos nuestras razones para arriesgarnos, haré lo que deba. —Añadió el alcalde.

Justo al decir aquello, se pudieron escuchar dos poderosos golpes contra la puerta de madera.

—Rápido, ya están aquí. —Las apresuró Norwin, mientras las apresuraba por el angosto agujero para esconderse bajo el suelo.

Las dos mercenarias se mantuvieron completamente quietas una vez escucharon como el capitán cubría el escondite con la pesada pieza de piedra y algunos troncos sobre la misma.

Vysarane sintió cierta comodidad allí, no por el espacio, sino por el limitado ruido que podía escuchar desde ese agujero, era el lugar ideal para que la adolescente escuchase a hurtadillas al grupo de imperiales.

—Que las lunas os protejan. —Vysarane reconoció la voz del general imperial, que provocó un escalofrío al recordar la breve interacción que había tenido con él poco después de escapar del grupo enano y Uryon.

Un corto silencio impregnó el lugar mientras los miembros del imperio se acomodaban en el interior de la habitación.

—Nos han llegado noticias del monasterio, un grupo de mercenarios lo atacó esta misma mañana. —La segunda voz no pertenecía a Tendriel, pero tanto Helenia como su pupila reconocieron de inmediato la despreciable voz de su seguidor más fiel—. Creemos que fue el mismo grupo al que Pevek pertenece, hace unos días Kiran combatió con él en el sendero hacia la iglesia. —Agregó Tendriel.

Una sensación de rabia incontenible invadió a Helenia, incriminar a sus amigos había sido el plan de ese grupo desde el principio.

—¿Alguien vio a los atacantes…? —Preguntó Remmie, desolado ante la macabra noticia, muchos de los feligreses eran buenos amigos suyos.

—No hubo supervivientes. He ido personalmente a ver el resultado de la masacre… Solo quedaban los restos del sacerdote y sus acólitos. —Explicó Uryon.

—Doblaré las patrullas para buscar a los culpables. —Suspiró Remmie, mientras se esforzaba en disimular la impotencia que sentía ante esos miembros del imperio, sabía perfectamente cual era su estrategia.

—Hablando de patrullas… Hemos escuchado que anoche mandasteis a los soldados que había ordenado vigilar las calles de la ciudad de vuelta a las barracas. —Dijo Tendriel—. ¿Puedo preguntar por qué? —agregó, sin molestarse en ocultar su irritación.

—¿Por qué?, general, con el debido respeto, pero los hombres que movilizasteis anoche responden ante mi, y patrullar las calles de mi ciudad con todas las fuerzas de las que disponemos era algo que no se me había consultado, comprenderéis mi preocupación cuando los vi haciendo de Ner prácticamente una ciudad militar… Y con el único pretexto de encontrar a un grupo de mercenarios, que hasta hace solo unos días, habían merodeado por la ciudad sin provocar problema alguno.

—¿Sin provocar problema alguno?, ¡mira qué ha hecho ese grupo en las afueras! —contestó Uryon.

—Esta decisión la tome cuando no sabía del ataque en la iglesia. Además, si cómo habéis dicho no encontrasteis supervivientes, todavía no puedo garantizar que hayan sido ellos quienes atacaron la iglesia. —Se defendió Remmie.

—Tu hermana forma parte de ese grupo, está claro porque quieres evitar culparlos tan a la ligera. —Añadió Tendriel.

—Hace años que no veo a Helenia, y mis hombres tienen ordenes directas de capturarla; tanto a ella como a sus compañeros. Preferiría que no asumierais mis intenciones sin saber si quiera las ordenes que he dado a mis hombres durante todos estos años. —Contestó irritado.

Bajo el suelo, ambas mercenarias pudieron notar la creciente fogosidad de la conversación, e inevitablemente, aumentó la preocupación que sentían por momentos.

—Tu lealtad no cambia el hecho de haber interferido con una orden directa de un general de Aben’dil. —Dijo Tendriel, dispuesto a continuar.

—Todos los soldados bajo mi tutela reciben un justo pago por sus servicios y ahora, en el momento más precario de la ciudad, justo cuando llegáis con vuestras demandas de pagos y tributos desmesurados, también interferís con la vitalidad económica de mi propia ciudad. Perdón, pero no soy yo quién está destrozando Ner y su economía.

—Ten cuidado, Remmie, proponer que estamos saboteando conscientemente con una de las ciudades de la nación puede costarte todo. —Contestó Tendriel, visiblemente enfadado.

—Entonces demostradlo, estoy dispuesto a ayudar, pero no si asumís el mando y me releváis al mismo puesto que uno de tus vasallos. —Contestó y miró al noble que acompañaba al imperial.

—¡Basta! —Uryon dio un fuerte golpe sobre la mesa del salón—. ¡No me quedaré de brazos cruzados mientras oigo los insultos de este traidor! —agregó.

Norwin hizo ademán de agarrar la espada de su cinto, pero al hacerlo solo se topó con aire, y recordó en ese momento que habían decidido salir desarmados con su buen amigo.

Antes de que se formara un altercado en el interior del caótico hogar, una voz proveniente de la entrada interrumpió a los ahí reunidos.

—Sin duda una muestra de la vitalidad que las filas del imperio exhibe últimamente… —Comentó Reikiavik, decepcionado—. Lamento haber escuchado a hurtadillas vuestra discusión, por ello me disculpo. —Hizo una reverencia exagerada—. Pero me temo que no intervenir al escuchar las palabras de Remmie también terminaría con la economía de mi ciudad, por muchas garantías que digas tener para Gur incluso sin disponer de Ner. —Agregó el enano, apareciendo ante los imperiales.

—¿Qué haces tu aquí? —preguntó Tendriel, sin esperar la compañía de ese excéntrico neari.

—Te lo dije la primera vez que nos vimos, solo quiero mantener a mi gente a flote, y con vuestras estúpidas rencillas esa paz se está viendo amenazada—. ¿Es cierto que habéis ordenado sin su consentimiento a los guerreros de la ciudad? —preguntó, sin dejar de mirar al general imperial. Tendriel no contestó—. Vuestras acciones son deplorables, en mi nación seriáis vosotros a los que tacharían de traidores. —Agregó sin una pizca de miedo, ante el asombro de todos los presentes.

—Silencio, enano, tu opinión aquí no es bienvenida. —Dijo Uryon.

—¿Y la de vuestro emperador?, ¿lo es? —preguntó, enmudeciendo el atrevimiento de aquel súbdito—. Hace unos días dijisteis que nuestro acero no era indispensable para vuestra nación, así que decidí confiar en tus palabras, y envié una orden directa a Gur’kal para comprobarlo. Los recursos que recibimos del imperio serán revisados, y si estos no provienen de aquí, mi gente no enviará más metal hacia vuestra capital. Así comprobaremos si a Frolic le importa realmente quedarse sin recursos para fabricar armas contra los insurgentes que están provocándoos tantos problemas al norte del imperio.

—Interferir con los asuntos de nuestro país conlleva una ofensa que no será perdonada tan fácilmente. —Advirtió Tendriel.

—Nuestra nación también puede decidir con quién hacer o no tratados económicos, y viendo vuestras extrañas intenciones en vuestro propio territorio, no me sentiría cómodo aceptando demandas que claramente están diseñadas para dañar esta ciudad.

Al oír aquellas palabras, tanto Tendriel cómo Uryon adoptaron un semblante de visible irritación.

—Si valoras tu posición, aumentarás el número de patrullas persiguiendo a ese grupo… —Dijo el guerrero de Morgan al alcalde—. Vamos, Uryon. —Agregó, y caminó hacia la puerta sin decir ni una palabra más, antes de salir del edificio con un fuerte portazo.

—Gracias… —Murmuró Remmie cuando se fue.

—No estoy haciendo esto por el bienestar de tu pueblo, solo quiero garantizar que mi gente tenga suficiente sustento para seguir adelante. —Contestó secamente Reikavik—. Ah, y puedes decirle a esa humana que su huida me impresionó, nunca había visto a alguien tan joven escapar de una forma tan ágil. —Esbozó una sonrisa indescifrable, que provocó un frío sudor tanto en Remmie como en Norwin, sabían muy bien qué estaba insinuando.

El líder neari siguió los pasos de los dos imperiales y regresó a la calle tan súbitamente como había aparecido, y dejó a los dos lideres de Ner y a las dos mercenarias ocultas con un millar de pensamientos en sus mentes.

—Id… —Murmuró Remmie, un minuto después de que esos huéspedes hubieran abandonado su hogar. El alcalde miró a su capitán, completamente serio—. Debemos planear nuestro siguiente movimiento, si vuelve a ocurrir algo cómo esto no tendremos tanta suerte…

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