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Vysarane: Capítulo 30 – Vientos rebeldes

Habían transcurrido varios minutos desde que Uren había abandonado la taberna junto a Bert, pero esa corta caminata bastó para alcanzar las afueras de la ciudad al sur del imperio, dónde un flamante edificio les aguardaba.

—‘se es. —Señaló el mercader, para la sorpresa del mercenario, que esperaba encontrar un hogar parecido al suyo en Ner.

—¿Ese?, ¿estás seguro? —preguntó.

—He ‘stado cientos de veces, ‘stoy seguro. Sígueme. —Le garantizó.

El afable anciano se acercó a la parte trasera de aquella finca, mientras Uren se dedicaba a contemplar anonadado la formidable construcción, similar a los más distinguidos edificios de la capital imperial.

—¿Qué es? —preguntó, consciente de que aquello no podía pertenecer a un mero grupo de maleantes.

—¿’a casa? e’ ayuntamiento de Senfe’. —Le sonrió burlón.

—¿¡El ayuntamiento!?, ¿¡estás loco!? —Exclamó, mientras procuraba no alzar la voz demasiado.

—Tranquilo, no es ‘o que piensas. —Lo intentó calmar—. Aquí, sígueme.

Bert dirigió sus pasos hacia la parte trasera a la vez que rodeaban un jardín más bien descuidado, lo cual llamó la atención del mercenario al comparar la preciosa arquitectura del edificio que lo albergaba.

Al dar la vuelta, el mercader se acercó a una enorme puerta color ocre, y dio un poderoso golpe con el rudimentario trozo metálico que colgaba de ella, y provocó un pequeño vacío en el estomago de su acompañante, que estaba preparado para combatir, o salir corriendo ante la presencia de los posibles imperiales que hubieran dentro.

Pero antes de hacerle caso a su instinto, un hombre cerca de los cincuenta apareció por el umbral de la puerta, y nada más ver el rostro del comerciante, alzó los brazos con alegría.

—¡Bert!, pensábamos que se te habían comido los lobos. —Se apresuró a darle un caluroso apretón de manos.

—‘os lobos que más me preocupan caminan a dos patas. —Rio, y le devolvió el saludo con rebosante energía.

El hombre giró su rostro y posó la mirada en el nervioso mercenario que intentaba atar cabos a su lado.

—Tú debes ser Uren. Encantado. —Estiró el brazo para presentarse.

—¿Ulrik? —Preguntó, vacilante.

—Ah, supongo que no esperabas encontrarte con nuestro grupo en un lugar tan poco… Convencional, especialmente para gente cómo nosotros. —Sonrió—. Pasad, pasad, los demás esperan dentro. —Agregó, y los invitó hacia el interior.

—¿Los demás…? —Logró preguntar el líder mercenario.

—Por estos lugares no eres el único que detesta al imperio, demonios, hasta los propios soldados que Frolic envía hasta aquí corren el riesgo de unirse a grupos rebeldes, hemos decidido aprovechar esa oportunidad para hacer de ese movimiento algo más… Organizado. —Contestó Ulrik, y comenzó a caminar por el gigantesco pasillo que daba con la puerta trasera—. Tú amigo Fredwik es uno de los que habían propuesto este movimiento. Ahora hablaremos de los detalles. —Agregó.

A pesar de la ostentosidad que aparentaba a primera vista, el interior de la construcción, así como el jardín afuera habían visto tiempos mejores, y se reflejaba en la suciedad que impregnaba el pasillo que los llevó hasta una de las habitaciones situadas en el corazón del edificio.

Ulrik fue el primero en pasar, y abrió la puerta sin ningún disimulo para dejar ver a un pequeño grupo que a primera vista parecían ser maleantes, pero entonces, el líder mercenario reconoció el rostro de su antiguo compañero, después de encontrarse por última vez en Yenua.

—¡Uren! —Se levantó Fredwik, y llevó sus pasos hasta la puerta para darle un fuerte abrazo a su amigo y compañero—. Pensaba que no te había llegado mi mensaje, ¿qué tal os ha tratado el imperio en Ner?, —preguntó, sin dejar de mantener una radiante sonrisa en todo momento.

—Ciertamente la ciudad mercante ha visto tiempos mejores, no estaría aquí hoy de no ser así. —Le devolvió el saludo, genuinamente aliviado de ver un rostro conocido en aquel extraño lugar.

—Sentaos. Después habrá tiempo para celebraciones. —Dijo otro hombre, que aparentaba llevar el liderazgo dentro de esa habitación, nada más verlo, Uren supo quién era; Kinnel—. He recibido nuevas de la capital, Ner llevaba tiempo bajo la mira del emperador, un miembro de la academia lo ha convencido de aplicarles cierto impago… —Comenzó a hablar, mientras los recién llegados tomaban asiento.

—¿Aquí también habéis recibido la misma advertencia? —preguntó el mercenario, a la vez que se acomodaba en una de las sillas vacías.

—No, pero me temo que será cuestión de tiempo hasta que nos llegue un mensaje similar. —Dijo Kinnel, y volvió su mirada hacia el mercenario—. ¿Sabes quién soy? —preguntó inmediatamente después.

—¿Un rebelde?

—A los ojos de Frolic quizás, pero todavía pertenezco al imperio, al menos de forma oficial. Este edificio ha servido como centro de mando durante generaciones, pero desde que el emperador decidió enviar aquí toda la escoria de la nación, se me hace difícil pensar que siente si quiera una pizca de afecto por sus habitantes aquí.

—La gente está cansada del imperio. —Intervino Fredwik—. Tus hombres podrían venir y no sufrirán las mismas persecuciones que en el centro de la nación. —Agregó.

—¿Queréis que mi grupo venga aquí para ayudaros a sublevaros contra el imperio…? —Preguntó Uren.

—Aún quedan soldados fieles al emperador, y no puedo arriesgar una rebelión abierta contra Frolic, no todavía. —Contestó Kinnel.

—Así evitareis los problemas que están dándoos en Ner ahora, también será un lugar más seguro para esa pequeña. —Comentó Fredwik, al recordar a Vysarane.

Uren mantuvo un profundo silencio, pensativo.

—Los demás no tendrán demasiados problemas en abandonar la ciudad mercante, pero Helenia… No abandonará a su hermano tan a la ligera, por muy conveniente que sea venir aquí… Especialmente ahora que Riane se encuentra en Ner. Querrá buscar venganza, y si te soy sincero, yo también… En cuanto a Vysarane… Vysarane nunca se separará de su maestra sin una buena razón.

Fredwik suspiró.

—Elanor… ¿Eh?

—Sí… Mientras siga con vida en el pueblo, quiero intentar hacerla pagar. Si lo conseguimos, entonces podremos venir aquí y hacer lo que debamos. —Les aseguró.

Kinnel se incorporó.

—Entonces esperaremos a que regreséis airosos de vuestra misión. No seré yo quién se entrometa en el cometido de un distinguible grupo de guerreros.

—¿Distinguible? —Rio Uren.

—Ante mis ojos, cualquier enemigo del imperio tiene más honor que cualquiera de sus capitanes… —Esbozó una sonrisa—. Bert. —Agregó, para llamar la atención del comerciante.

—¿Si? —preguntó con parsimonia.

—¿Quieres ir a Ner con Uren? —preguntó.

—Temo que ‘sa decisión ya ha sido tomada. Ya ‘o iba a acompañar a ‘a ciudad mercante.

—Bien… Tengo un pequeño envío que ayudará al capitán de Ner, debes asegurarte que lo reciba él, y solo él. —Insistió.

Kinnel se levantó y tomó una bolsa de cuero tintineante con un tamaño significante de una repisa.

—Me temo que Senfel está en lo más bajo dentro de las prioridades de la capital, temo que quieran hacer de mi ciudad un ejemplo a las demás… Pero todavía podemos mantener a Ner bajo el visto bueno del emperador, nos conviene tener aliados en el interior de la nación. —Explicó, y le entregó el pesado bulto al mercader.

—¿’sto cuanto es…? —Titubeó Bert, sin haber visto semejante suma de dinero en toda su vida.

—Si mi informante tiene razón, una parte significante de lo que Frolic ha pedido a Remmie. —Un profundo silencio invadió la habitación—. Partid mañana al amanecer, cuanto antes reciba parte del pago, menos tiempo tendrán sus secuaces de instaurar a un nuevo líder en la ciudad. —Agregó Kinnel.

Uren dejó escapar un profundo suspiro, y sonrió inmediatamente después.

—Pensaba que estaría más aquí. —Miró a su antiguo compañero.

—Ya sabes como es, amigo mio… —Rio Fredwik—. Antes de marchar, volvamos a esa taberna que Bert nos mostró. —Agregó, e iluminó la mirada de todos los presentes, sabiendo muy bien del local que estaba hablando…

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