Los tres primeros capítulos de esta primera entrega, espero de todo corazón que disfrutéis de mi historia.

Dos amigos

El descendiente feleno dejó escapar un sonoro bostezo de agotamiento; había estado viajando durante todo el día con su compañero Gröm, un enano proveniente de las frías montañas, y el cansancio se había apoderado de él mucho antes que de su buen amigo.
―¡Eh! ¡Espera! ―dijo dejando caer su bolsa y su espada encima de la hierba, exhausto, aprovechando el pequeño claro dentro del bosque.
―¿Podemos descansar aquí?
―Sí, perdona. Siempre me olvido de que necesitas reposar más que yo ―contestó Gröm riendo, mientras acomodaba sus bienes encima de una roca cercana.
―¿Cuánto nos queda para llegar? ―preguntó Seref señalando el mapa que su amigo había sacado al sentarse.
―Menos de un día, ya estamos muy cerca, pero me gustaría buscar agua primero, no nos queda casi nada… y tan solo nos llevaría unas horas si nos desviamos un poco, hacia aquí ―señaló un punto en el mapa donde no se podía observar ningún pueblo.
―¿Qué hay allí? ―preguntó intrigado, habiendo recuperado el aliento.
―Una pequeña aldea, no es la ciudad mercante, pero seguramente alguien nos pueda ayudar.
―Está bien, pero déjame dormir al menos hasta que amanezca.
―Claro, busquemos primero algo para encender una hoguera, este frío congelaría hasta la barba más gruesa de mi clan —bromeó.
―Pero no tanto como en tu ciudad, ¿eh?
―¡Ja! Será peor, pero al menos tenemos ropa y edificios decentes, nunca debí hacerte caso al vender nuestras pieles. ¡Si llegamos allí, me conseguirás unos abrigos mejores! ―Alzó la voz, risueño.
―Tranquilo, cuando capturemos a ese “Erien” o cómo se llame, te compraré tantos como gustes. ―Sonrió mientras le lanzaba unas gruesas ramas secas que había logrado recolectar del suelo.
―Eso espero… solo sabemos de su hermano en Ner, y hace varias semanas que no se ha oído nada de él… Si no lo capturamos ahí, tendremos que hacer otra cosa para ganar algo de dinero… ―dijo mientras revisaba una vez más el retrato que habían conseguido en la taberna, frunciendo el ceño.
―¿Qué ha hecho?
―¿Quién?
―Erien, ¿qué ha hecho para que lo busque el imperio? ―repitió Seref mientras hacía un pequeño círculo con piedras, en el suelo.
―Dicen que ha robado varias casas de compraventa, aunque solo han confirmado una hace un par de semanas, cuando uno de los guardas en Aben’dil lo encontró revisando la caja fuerte por la noche, pero logró escapar. De los demás robos no se sabe con certeza si tiene algo que ver, pero lo quieren interrogar igualmente…
―Pobre desgraciado, si lo llevan allí se va a pudrir en los calabozos, Aben’dil ha visto tiempos mejores… ―se lamentó.
―No estoy tan seguro de ello, si resulta ser tan hábil como para entrar y salir de tantas subastas durante la noche, quizás pueda escapar… En los últimos seis meses han habido cerca de diez robos en la capital, y lo vieron solamente en el último, incluso después de haber incrementado la seguridad…
―Así que los calabozos de la ciudad no le deberían suponer un problema mucho mayor ―explicó Gröm mientras hacía chocar unas piedras cerca de la yesca que habían preparado.
―¿Por eso tienen el retrato? ―preguntó Seref poniéndose cómodo al lado de la improvisada hoguera que comenzaba a arder.
―Exacto, si no hubiese sido por el guarda, ahora estaríamos rumbo al este para ver a mi hermano, pero la recompensa es demasiado tentadora, incluso tratándose de un gran bandido la hubiese aceptado. Aunque es extraño teniendo en cuenta que nunca ha dañado a nadie… pero bueno, mientras los imperiales cumplan su parte del trato, no me importa lo que le ocurra.
―Cinco monedas de oro, ¿verdad?
―A la recompensa si le pusiste atención, ¿eh? ―Rió el enano a la vez que sacaba un conejo de su bolsa para desollarlo y cocinarlo en el recién improvisado fuego.
―Oye, guardarme algo para cuando despierte, voy a descansar directamente ―dijo bostezando el cansado humano, mientras apoyaba su cabeza en su mochila con víveres.
―No te preocupes, voy a comer y echaré una cabezada también, te despertaré cuando salgan los primeros rayos de sol.
―Está bien ―murmuró Seref desde el suelo.
Gröm comenzó a asar el conejo en la hoguera mientras miraba las estrellas, viajar junto a un humano era algo que nunca se había planteado, no por discriminación, sino más bien conveniencia. Como enano él apenas debía dormir unas pocas horas mientras que sus amigos de casi dos metros gastaban un tercio del día reposando. Pero para su propia sorpresa, había descubierto hacía ya dos años que le relajaba inmensamente viajar con Seref, ya que nunca se encontraba agotado y tenía tiempo para calmarse y escribir en su diario.
Al terminar de comer, envolvió la mitad de la carne en un trapo y la puso dentro de su bolsa, se tumbó y se dispuso a escribir otra entrada en su diario antes de dormir.
Esa noche, Gröm soñó con su hermano Brym; hacía años desde que no se veían, él había elegido viajar alrededor del mundo mientras que su hermano vivía en Gur’kal, lugar ideal para dedicar todo su tiempo a invenciones o estudios, ya que en la ciudad subterránea jamás aparecía el sol y al no tener un clima variable era bastante fácil que todo funcionase sin percances.
No estaba especialmente preocupado por él, pero deseaba encontrarse con su familiar antes de continuar sus aventuras con Seref.
Mientras Gröm soñaba con su familia, un pequeño zorro olisqueó el conejo a través de la fina tela formando la mochila, mientras comenzaba a amanecer; al colocar su hocico en la cabeza del enano, este despertó abruptamente, poniéndose en pie de inmediato.
―¡¿Qué pasa?! ―gritó este, haciendo escabullir a la pequeña criatura.
Seref despertó sobresaltado ante los gritos del enano.
―¿Estás bien? ―preguntó conteniendo su risa, al percatarse de lo que había ocurrido.
―Hoy nos quedamos en una taberna ―dijo Gröm bostezando malhumorado, mientras los tenues rayos de luz a través de las hojas lo deslumbraban.
―Aún nos quedan unas cuantas monedas de plata, no debería ser un problema. ¿Queda carne?
―Sí, sí, aunque casi te lo roba nuestro amigo ―señaló hacia la criatura mientras se sentaba de nuevo.
El descendiente feleno se fijó en el cielo mientras le daba un mordisco a las sobras del enano, las nubes comenzaban a cubrir el sol y notó un frío más gélido que el día anterior.
―No me fijé muy bien anoche… ¿Es muy grande la aldea a la que vamos?
―Probablemente no, ni si quiera tiene nombre en el mapa, me extrañaría que tuviese más de una decena de habitantes. Pero seguramente podamos comprar algo de comida para llegar a Ner sin morirnos de hambre, ahí nos vamos a tener que esforzar por encontrar a nuestro “amigo” ―contestó Gröm mientras contaba sus monedas de plata.
―Sí, de momento centrémonos en llegar a la aldea. Si estaba de camino a Ner, solo nos quedarán unas horas para llegar.
―Según el mapa, estaba detrás de ese pequeño monte ―dijo el enano señalando hacia una pequeña elevación cercana.
―Llegaremos antes de tener hambre ―comentó con júbilo Seref, a la vez que se levantaba con todo su equipaje.
Gröm imitó a su amigo, pero al levantarse, notó como le caía una gota de agua en la nariz, el único lugar del rostro sin barba.
―Mierda, démonos prisa ―exclamó.
―Tranquilo, bajo la vegetación no deberíamos mojarnos demasiado, ―apuntó Seref, optimista, indicando hacia los árboles con la cabeza…


Kean

Cuando por fin divisaron el pueblo sin nombre, unas horas después, ambos se apresuraron para resguardarse bajo el viejo tejado de un pequeño refugio al lado del puente que daba acceso a la aldea, ya que la lluvia de hacía un rato se había convertido rápidamente en una poderosa tormenta.
―¡Menos mal que teníamos los árboles para protegernos del agua! ―gritó Gröm para hacerse oír bajo la fuerte lluvia.
Seref abrió la boca para responder a su amigo, pero desistió antes de decir nada, limitándose a suspirar mientras sonreía.
―¡Oh! Mira, hay alguien ahí. ―Señaló el humano al otro lado del puente, empezando a tiritar al quedarse inmóvil apenas un instante, completamente empapado.
―¡Hola! ―exclamó el mojado enano en la dirección de aquel desconocido.
El humano, que rondaría los cuarenta años, se giró sorprendido, llevaba una capa de lino negra y no parecía importarle la lluvia, también tenía un pequeño frasco con un líquido rosado en la mano derecha. Nada más ver a los dos inusuales compañeros, este arrojó la botella a un árbol cercano con todas sus fuerzas, quebrando y desparramando el contenido de la botella al suelo.
―¡Bienvenidos! ―exclamó esbozando una amplia sonrisa.
Gröm y Seref se miraron, extrañados ante lo que acababa de ocurrir, pero no le dieron demasiada importancia, queriendo resguardarse cuanto antes del agua y el frío.
―¿Tendrías un lugar donde poder secarnos hasta que termine la tormenta? ―preguntó el enano con algo de urgencia.
―Por supuesto, mi casa es vuestra casa, seguidme antes de que caigáis enfermos, ―contestó el alegre personaje.
―Yo soy Seref, y este es mi amigo Gröm. ―Se presentó cortésmente el descendiente feleno.
―Mi nombre es Kean, Kean Bluwil, un placer conoceros. No tenemos muchas visitas por aquí, bueno… tengo. Hace tiempo que este pueblo está vacío, ver caras nuevas siempre es un placer, ―dijo mientras dirigía a los aventureros hacia su hogar.
―Pasad, pasad, dentro entrareis en calor, ―señaló hacia una chimenea que había dentro del pequeño edificio de piedra.
La casa de Kean constaba de una cama, donde se acaba de sentar, un par de sillas de madera cercanas al fuego para calentarse, y una cocina de roca donde se podían ver alimentos aguardando ser engullidos, así como un arco colgado sobre la piedra a un lado. Ambos se fijaron en la comida y decidieron preguntar por víveres casi al unísono.
―¿Tendrías algo de comida que nos puedas vender? ―comentó Seref mientras sacaba unas pocas monedas de su pequeño saco.
―Sí, pero tranquilo, no hace falta que me paguéis nada, la última vez que me abastecí compré demasiado, os puedo dar provisiones si lo necesitáis. ―Lo detuvo Kean, haciendo un gesto con la mano.
Gröm guiñó un ojo a su amigo desde la silla más cercana a la chimenea, mientras él volvía a guardar sus monedas.
―Gracias, lo cierto es que vamos algo justos de dinero, nos dirigíamos a Ner para terminar un trabajo…
―¿Vais a Ner? Lo cierto es que ahí tengo una… amiga. ―Dudó momentáneamente, intrigando a los dos amigos.
―¿Problemas con el amor? ―preguntó desvergonzado Gröm, a la vez que su amigo le propinaba una pequeña patada para hacerlo callar, sin éxito.
―Ja, ja; no, ella solía vivir aquí en la aldea cuando había más personas, pero se mudó a Ner hace unos años, no la culpo, al fin y al cabo ella fue la última persona que vivió aquí, sin contarme a mi, ―contestó sin molestarse, pero esbozando una melancólica sonrisa.
―Ah, ya veo… ―se limitó a contestar el enano.
―En fin, ¿y vosotros? ¿Qué trabajo os trae a estos lugares tan recónditos del imperio? ―preguntó Kean, cambiando de tema mientras servía tres tazas de agua caliente con diversas hierbas.
―Lo cierto es que vamos tras este hombre ―respondió Gröm mostrándole el cartel y el retrato al amable anfitrión.
―¡Oh! Así que cazarrecompensas, ¿eh? ―exclamó ofreciéndoles las bebidas calientes.
―Más o menos, realmente vamos viajando y ganándonos la vida con lo que encontremos, aunque esta línea de trabajo tiende a ser la mejor pagada, ―intervino Seref.
―Comprendo… ¿Y de dónde sois? Lo cierto es que se ven varias personas como vosotros en Ner, pero juzgando por lo que decís no parece que vengáis de cerca, ¿no?
―Del desí…
―¡De la gran casa Findgruff! Por varias generaciones mi familia y yo hemos vivido en Heidfen, encima de las montañas, al sur ―dijo en alto Gröm, orgulloso, interrumpiendo desvergonzadamente a su amigo.
Seref movió la cabeza hacia los lados mientras sonreía y le daba un sorbo a la taza que Kean le había ofrecido.
―Siempre se pone así cuando habla de su tierra, tranquilo… Yo vengo del desierto de Kol, lo cierto es que incluso antes de conocer a Gröm, ya viajaba con mi tribu por Sanera, ya que nos dedicábamos al mercado de las especias, pero al llegar y ver el imperio y sus tierras me enamoré de su gente… en el otro lado del océano apenas ves personas en el camino, solamente en los asentamientos, y la verdad, regresar ahí ahora mismo es lo más bajo en mi lista de prioridades. ―Sonrió Seref, explicando su historia con calma.
―Entonces el nombre más indicado para vosotros sería aventureros.
―Todos tenemos nuestro lado aventurero. ―Sonrió el enano asintiendo.
―¿Y tú? ¿Has viajado fuera del imperio alguna vez? ―preguntó el descendiente feleno, curioso.
―Solamente de joven, hace unos años, Aben’dil y otras partes del imperio más que nada, pero yo soy de Ner. Hace varios años me mudé aquí buscando un lugar más tranquilo donde vivir, pero al final resultó ser demasiado tranquilo, ―rió.
―Debes ver las montañas, ―le recomendó Gröm con entusiasmo mientras acercaba sus manos al fuego para calentarse.
―Lo cierto es que llevo meditando desde hace tiempo escapar de la aldea; al principio pensaba que estar solo no sería tan difícil, pero sinceramente, necesitaría cambiar de aires, hablar con más gente… o con gente, ―apuntó Kean pensativo, mientras miraba una de las hojas que flotaban en el escaso líquido dentro de su taza.
―¿Nos quieres acompañar a Ner? ―preguntó Seref optimista, siempre era agradable compartir el camino con una persona más. Kean lo miró, dudando por un instante, pero un par de segundos después, esbozó una grata sonrisa y contestó animado.
―¡Claro! Pero tendréis que ayudar con todos los víveres que tengo por aquí dentro, no quiero que algún animal o persona entre en mi ausencia y se lo coma todo, será mejor llevarlo con nosotros.
―Podemos esperar un poco antes de preparar el viaje, preferiría no mojarme de nuevo a ser posible… ―comentó Gröm, acercando sus prendas al fuego para deshumedecerse con rapidez.
―Id secando vuestras cosas, yo ya tengo vestimenta preparada, dejaré todo listo mientras tanto, ―dijo Kean dejando a un lado su taza vacía y poniéndose en pie.
El súbito grupo de amigos terminó todos los preparativos en apenas minutos, y después de una pequeña pausa, la lluvia comenzó a amainar, mostrando el sol, alumbrando la pequeña aldea a través de las pocas nubes que todavía quedaban.
―¿Todo listo? ―preguntó Kean visiblemente alegre.
―Siempre preparados. ―Rió Gröm de buen humor al notar su piel seca una vez más, cargando su bolsa a la espalda y asegurando el hacha de guerra a su lado.
Kean les mostró un camino con apenas un par de metros de anchura que llevaba hacia el interior del bosque, el cual conectaba con la pequeña ciudad mercante.
―Por aquí llegaremos en un momento, bueno, quizá más, pero nos llevará directamente hasta Ner, ―explicó Kean mientras se echaba a andar por aquel camino de tierra junto a los dos aventureros, descansados y con provisiones dentro de sus bolsas.


La gran academia

Después de caminar durante unas horas a través del pequeño sendero, encontraron un puente de piedra que sorteaba un grueso riachuelo; Kean comenzó a calcular exactamente el tiempo que tardarían en llegar.
―Estaremos allí cuando lleguen todos los mercaderes, la calle principal debe estar llenándose por momentos… Deberíamos apresurarnos para reservar una habitación en alguna taberna, o dormiremos bajo las estrellas ―comentó el cazador.
Nada más oír aquellas palabras, los dos compañeros aumentaron visiblemente la velocidad de sus pisadas, haciendo reír al animado cazador.
―¡Si llueve como antes y tengo que quedarme en la calle por la noche me corto la barba para resguardarme debajo!
―Con la cantidad que tienes, quizá sea una mejor idea, ―bromeó su amigo, sin bajar el ritmo de sus pisadas.
―¡Alto! ―los sorprendió una voz desde unos matorrales cercanos; nada más oír aquellas palabras, los dos compañeros desenvainaron sus armas de inmediato, sobresaltando a Kean.
―¿Quién va? ―preguntó con calma Seref, empuñando su espada, alerta.
Un grupo de seis personas se mostraron ante los viajeros, amenazantes, cuatro de ellos empuñaban garrotes y el resto espadas visiblemente descuidadas.
―Nos gustaría que compartieseis sin resistencia vuestro equipaje, ―les pidió el más grande de los seis, nervioso.
―¿Y si nos negamos? ―respondió Gröm, con el ceño fruncido.
―Os lo tendremos que quitar de vuestras frías manos, ―dijo el líder de los bandidos, secamente.
―No es ninguno de ellos, ¿verdad? ―le preguntó Seref al enano, pensando en el bandido que estaban buscando.
―No, pero me gustaría no derramar sangre de todas formas, no con él aquí ―indicó Gröm, señalando a Kean, observando lo alterado que se encontraba, congelado detrás suya, en el punto más alejado de los asaltantes.
―¡Dadnos todo lo que llevéis! ―se lanzó uno de los bandidos portando garrotes, impacientándose al comprobar que aquellos viajeros no cederían ante sus amenazas.
Con un juego de pies magistral, y visiblemente sin esfuerzo, Seref logró desarmar al forajido empleando únicamente dos rápidos y precisos movimientos con su espada, amenazándolo de muerte en un instante al colocar su afilado acero a menos de un centímetro de su cuello.
A su vez, Gröm avanzó por el camino de tierra con calma, apuntando con su hacha hacia los cinco bandidos restantes sin una pizca de miedo, visiblemente enfadado. Los tres hombres restantes dudaron al ver la destreza del espadachín, pero su líder, junto a su compañero también empuñando una espada, respondieron a la amenaza, cargando hacia él sin titubear. A diferencia de Seref, Gröm no dependía de su agilidad combatiendo, y cuando su hacha chocó contra el acero del primer bandido, este se percató del error que acababa de cometer, la endeble espada del ladrón se partió en dos trozos debido a la tremenda fuerza del bajo guerrero, y, además, el impacto contra su cota de malla lo lanzó pocos metros hacia atrás, haciéndolo rodar por la hierba, dejándolo aturdido y desorientado al lado de un árbol.
Aquella escena detuvo a tan solo un par de metros al segundo bandido, el cual comenzó a huir de inmediato.
Mientras, Seref seguía sosteniendo su acero ante la primera persona que se atrevió a cargar contra ellos, esta comenzaba a respirar agitadamente, y después de unos instantes, comenzó a suplicar de miedo, al comprobar que todos sus compañeros empezaron a escapar despavoridos.
―Ve, ―se limitó a decir Seref, mientras envainaba su espada con seguridad.
Los cinco bandidos desaparecieron de su vista en apenas unos segundos, su líder continuaba en el suelo sin respiración, debido al golpe que el enano le había propinado con su hacha.
―Po…r fa…vor, ―rogó sin habla.
―Tranquilo, no te haré nada más de lo que ya he hecho, tampoco te diré que no vuelvas a atacar viajeros en el camino, pero, si tú o alguno de tus amigos intentáis algo como esto contra nosotros una vez más, ten por seguro que el segundo golpe de mi hacha, será utilizando el lado afilado, ―dijo Gröm, amenazante.
―Vamos, déjalo… ―Le golpeó en el hombro Seref, viendo que ya no se podría defender.
―¡Tú también, Kean! ―gritó en la dirección donde este se encontraba, haciéndolo reaccionar.
Los tres compañeros estuvieron unos minutos sin decir nada, caminando por el sendero hacia Ner, hasta que la curiosidad del cazador pudo con él.
―¿Dónde habéis aprendido a moveros así? ―dijo aún nervioso, pero dejando escapar un suspiro de alivio ante la resolución de los acontecimientos.
Ambos se miraron, y sonrieron ante la positiva reacción, dirigiendo sus ojos hacia el cazador.
―Gröm y yo nos conocimos en Aben’dil, hace unos años, pero cuando decidí quedarme en este lado del océano no fue solamente por su gente… ¿Conoces Morgan?
―¿La academia? ―preguntó Kean, pensando en la doctrina más prestigiosa del emperador.
―La misma, ahí fue donde nos conocimos. Yo logré entrar debido a mi agilidad, y bueno… él gracias a su fuerza, como has podido comprobar. ―Gröm esbozó una sonrisa al escuchar esas palabras.
―Pero los que se gradúan allí sirven en la capital… al emperador, ¿no? ¿No decíais ser aventureros? ―Aquella pregunta cambió el semblante de ambos a uno más serio.
―Sí y no, cuando comenzamos a entrenar en Morgan no habíamos visto lo que el emperador estaba haciendo con su propia ciudad. Normalmente, los dos años que pasas dentro no puedes ver el mundo exterior debido al riguroso entrenamiento, pero cuando terminamos nuestra educación y pudimos ver el estado de Aben’dil, ambos nos asqueamos al saber que habíamos trabajado para semejante líder.
La mayoría de gente entrenando allí son hijos de nobles, y sinceramente, buenas personas, viviendo engañados… sin ver lo que están favoreciendo en nombre de Frolic… Mucha gente muere en la calle de hambre mientras soldados del imperio tienen el poder de hacer lo que quieran en nombre del emperador.
―… Un tirano, ―resumió Gröm, escupiendo al suelo del bosque.
―Cuando nos dimos cuenta de cómo sería nuestra vida si nos quedábamos ahí, decidimos comprar nuestra libertad con todo el dinero que habíamos ahorrado durante esos años. Pertenecer a la guarda especial del emperador conlleva una gran riqueza, pero esa idea nos desagradaba a ambos…
―Ya veo… Sinceramente, pienso que hicisteis bien, al ver como os manejasteis con esos bandidos ahí atrás, podríais haber acabado con todos sin esfuerzo, pero elegisteis emplear la fuerza justa… eso conlleva un considerable esfuerzo y control… pero también refleja el tipo de persona que sois, ―contestó Kean, haciéndolos sonreír, halagados.
―¡Eh! ¡Mirad! ―exclamó Gröm señalando a unos árboles cercanos, cambiando súbitamente de tema.
―¡Oh! Estamos cerca, ―dijo Seref, fijándose en la vegetación, que estaba adoptando un aspecto menos natural, casi todos los arboles habían sido cortados de diferentes formas para hacer crecer ramas más finas y numerosas, permitiendo a los aldeanos cortarlas con menos esfuerzo, técnica que se aplicaba en todos los bosques rodeando cualquier población.
―Debemos estar a solo unos minutos, ―indicó Kean mientras ladeaba la cabeza, para fijarse en un pájaro que canturreaba cerca.
A lo lejos, el grupo observó el camino, comenzaba a estar adoquinado, y aquello solo podía significar una cosa. Se estaban acercando a la ciudad mercante…

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