Os dejo los cuatro primeros capítulos de mi segunda novela, y segunda parte de la saga “La luz de Zöm

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Caballeros encubiertos

Niro bajó de su caballo acompañado por sus cuatro compañeros, mientras echaba un vistazo a su alrededor. Se habían adentrado en territorio sureño y debían pasar desapercibidos si querían evitar ser rodeados por toda la guardia de Yenua, aunque los cinco eran experimentados guerreros y probablemente podrían escapar, buscar una ruta alternativa hacia el otro continente les costaría demasiado tiempo si no encontraban un navío allí ahora.

―Jun, tu habías estado antes, ¿Verdad? ―exclamó Len.

―¿Dónde podemos pasar la noche? ―añadió observando el atardecer sobre el océano.

―En el puerto está la taberna más decente de la ciudad, seguidme.

El grupo aún tenía algunas diferencias, especialmente con Enua, la única mujer del grupo, así como la única persona que no conocía personalmente a los dos ex-miembros de la prestigiosa academia. Todos excepto ella tenían sus dudas acerca de Gröm y Seref, habiéndose encontrado con Demise en Senfel les permitió corroborar que fue ella la que recuperó los medallónes de ambos guerreros, pero todavía no sabían que razones tenían para traicionar al imperio, sin embargo Enua estaba convencida que estos debían ser reprendidos cuanto antes, debían evitar tener soldados tan experimentados luchando contra Frolic.

―¿Aquí fue donde llegaste la primera vez desde tu tierra? ―preguntó ella.

―Si, aunque no tengo muy buenos recuerdos, todavía nos miran con recelo a ambos ―comentó mirando a los habitantes, que plasmaban su mirada en los felenos del grupo a pesar de ir cubiertos por completo con un grueso ropaje para combatir el invierno.

―En Aben’dil es un poco mejor, pero también puedes sentir las miradas… ―añadió Kin, conociendo aquel sentimiento muy bien.

Los dos miembros de aquella especie eran solo un poco más altos que cualquier enano, pero mucho más delgados, tenían la piel oscura y les faltaba pelo en todo el cuerpo, todo aquello le daba un aspecto diferente al resto de personas en Yenua, pero a pesar de llamar la atención, nadie parecía estar muy sorprendido, a diferencia de cualquier pueblo del continente, donde cualquier feleno era señalado nada más ser divisado.

Cuando el grupo de guerreros se acercó a la gran atalaya, donde Jun los estaba guiando, respiraron aliviados, queriendo descansar en un lugar más agradable, después de aquellos largos días galopando encima de sus monturas y durmiendo al raso en pleno invierno.

Niro fue el primero en desmontar del caballo, atándolo en el pequeño establo, y acercándose a la entrada del establecimiento.

Lo primero que notaron fue la cantidad de personas dentro bebiendo, el resto de locales que habían visto en las calles del pueblo marítimo estaban casi vacíos o eso parecía desde afuera, pero aquella taberna rebosaba vida en su interior, cosa que incomodó un poco a Jun y Kin, pero que el resto agradeció habiendo visto solo las caras de sus compañeros durante varios días.

―Hola, queremos un lugar donde quedarnos ―comentó el capitán señalando al resto de sus compañeros mientras hablaba con el tabernero.

―¿Vosotros cinco…?

―Si.

―No sé si habrá lugar para todos… ―contestó el dueño del establecimiento con recelo.

―¿Y ahora? ―preguntó Niro mostrando una moneda de oro por cada uno de sus guerreros.

Los ojos del dueño comenzaron a brillar nada más ver las monedas sobre la barra.

―Creo… creo que podré arreglar algo ―murmuró.

―Gracias ―se limitó a contestar él.

Un grupo de beodos miró a Enua, aunque esta tenía un aspecto fornido y cierto enfado dibujado en su cara, así como una ligera pero resistente armadura bajo su atuendo, podían apreciar los rasgos femeninos que su rostro tenía. Molestando a la guerrera nada más comprobar que varias personas en la habitación la estaban ojeando.

―Vamos ―comentó Niro al haberles entregado las llaves de sus habitaciones.

―Vosotros dos ―exclamó un de los hombres que había postrado su mirada en la única mujer del grupo, observando ahora a los dos felenos que la acompañaban.

―¿Por qué acompañáis a esa mujer? ―comentó con agresividad.

Niro quiso intervenir, pero Enua se adelantó, irritada ante el ambiente de aquella taberna.

―¿Por qué no te metes en tus asuntos? ―contestó con el ceño fruncido.

Al escuchar esas palabras aquel individuo se puso en pie, acercándose a la joven amenazante, Niro y los demás en vez de apresurarse a socorrer a su compañera, se limitaron a apoyarse en la barra, observando cómo se desenvolvían los acontecimientos frente a ellos.

―No me hables así ―comentó una vez frente a ella.

―¿Como debería hablarte entonces? ¿Prefieres que te llame saco de bilis? ―le insultó.

El hombre lanzó una bofetada hacía ella, pero en vez de esquivarla, Enua la recibió sin inmutarse, para el desconcierto de los demás clientes ahí dentro.

―¿Eso es todo lo que puedes hacer? ―añadió la joven.

Antes que pudiera contestar, la mujer cerró el puño con su guante metálico y le dio un fuerte puñetazo en el abdomen, donde el hígado se encontraba, dejando incapacitado de inmediato al gran hombre, que aullaba de dolor en el suelo.

―Corre “princesa”, el próximo golpe que recibas de mi te quitara la vida ―se burló antes de escupir a un lado.

―¿Alguien más? ―amenazó mirando al resto de clientes que prestaban atención a lo ocurrido.

―Vamos, vamos, déjalos beber tranquilamente, le habrá subido el alcohol a la cabeza ―se acercó Len, procurando liberar la tensión en el ambiente.

Enua miró con enojo a su compañero, pero cedió segundos después, dejando escapar un sonoro suspiro.

La taberna no dejó de mirar al grupo mientras subían al piso superior, en busca de sus habitaciones, no era solo la mujer la que intimidó a la taberna entera con aquella demostración de fuerza, los demás tenían algo también en ellos que hizo al resto ahí dentro retroceder en vez de socorrer a su amigo cuando confrontó a la temible guerrera…

―¿Esta es la mejor taberna que conoces aquí? ―exclamó Enua, una vez arriba, a solas.

―Hace cinco años que llegué al continente, es posible que ya no mantenga su reputación… después de tanto tiempo ―alegó Jun.

La joven no contestó, pero estaba visiblemente irritada, y el grupo lo notó, cuando se ponía así era mejor esperar que se calmara…

El tabernero les había entregado tan solo tres llaves, así que decidieron dejar a la joven sola con sus pensamientos, los dos felenos compartían una habitación y los más ancianos tomaron la última, separándose de sus compañeros durante un rato.

Una vez dentro, Niro permitió relajarse unos instantes.

―¿Habías estado aquí antes? ―le preguntó a su amigo.

―La primera vez, pero parece agradable, a pesar de lo ocurrido ahí abajo… ―rió.

―Si… Creo que Frolic planea hacer de estas tierras su nuevo territorio para comenzar las conquistas del sur, es cuestión de tiempo… después de acabar con los rebeldes del este.

Len suspiró al escuchar aquello.

―Me pregunto por qué, no parece suponer una amenaza…

―No lo sé… pero es posible que después de esto tengamos que regresar, como guerreros ―explicó.

―Por cierto, ¿Qué buscamos aquí ahora? Pensaba que Seref y Gröm habían escapado hacia las montañas.

―En Gur’kal los dos se toparon con la hermandad, y los ancianos pudieron recuperar un libro mencionando el oeste, tenemos razones para pensar que Seref quiere volver a su tierra para buscar ayuda. Y una vez en Nidunae será difícil para nosotros actuar sin una armada… ―explicó Niro.

―Por eso aquí…

―Tenemos que averiguar a donde se dirigían, al fin y al cabo, si no sabemos dónde comenzar en el otro continente, no podremos dar con ellos, aunque busquemos durante años…

Pistas en el agua

El grupo de caballeros había logrado descansar durante la noche en aquella taberna al lado del puerto, pero a primera hora, acostumbrados a su duro régimen estaban todos en pie, antes que cualquier otra persona dentro del establecimiento… aunque el cansancio de los dos felenos se reflejaba en sus rostros.

―¿Dónde buscamos? ―preguntó Len, una vez se encontraron con los demás, en la zona común.

―En el puerto, será lo más fácil ―dijo Niro después de meditar durante unos segundos.

Los cinco caballeros tenían un equipaje bastante ligero, permitiéndoles estar preparados para partir o luchar en apenas minutos de ser necesario.

Al salir, observaron un sol radiante en aquel día de invierno, siendo extrañamente acogedor allí, al lado del océano. A todos los hombres del pequeño pelotón les sorprendió y extrañó ver una sonrisa en el rostro de Enua, la cual sonreía solo en contadas ocasiones.

―¿Contenta? ―preguntó Len, mirándola.

―Mucho, estaba harta del frío en el continente.

Los dos felenos sonrieron, asintiendo con la cabeza, sin haberse terminado de acostumbrar a la temperatura de Odealenia a pesar de sus años ahí.

―¿Tendremos que ir a Sanera? ―preguntó Jun, mirando al capitán, entre preocupado por sus antiguos compañeros y excitado por regresar a sus tierras.

―Posiblemente… Creemos que están yendo hacia allí ―contestó el capitán.

―¿A dónde? ―intervino Kin, conociendo la mayoría de puertos en el otro continente.

―Por eso estamos aquí, aún no sabemos exactamente que ruta han tomado… ―murmuró Niro.

―Será mejor dividirnos, Yo iré con vosotros ―propuso Enua, mirando a los dos felenos.

―Si, tenemos que encontrar algo y partir mañana, pasado a más tardar… ―asintió el capitán.

El grupo de Len se dirigió al sur del puerto, mientras los otros tres subían para buscar pistas dentro de la ciudad, habiendo más terreno por cubrir.

Mientras los dos amigos caminaban por el muelle, se fijaron en las reparaciones que estaban llevando a cabo en una pequeña parte del puerto, donde había un considerable agujero con la forma de un pequeño buque.

―¿Un ataque? ―preguntó.

―Eso parece, por el estado de las astillas parece reciente, no debe tener más de unas semanas… ―dedujo Niro.

―¿Qué ha ocurrido? ―exclamó Len, llamando la atención de un aldeano sentado cerca, observando el mar tranquilamente, disfrutando de la mañana.

Este suspiró al oír aquella pregunta.

―¿No sois de aquí? ¿Eh? ―dijo.

―Hace un par de semanas un grupo de piratas atacó el puerto, varios soldados perdieron su vida ese día… ―se lamentó.

―Siento oírlo ―contestó Len, escuchando con atención.

―Gracias, pero afortunadamente hay poco que lamentar, muchos de los atacantes murieron ahí esa noche, les sirve bien por intentar atacarnos… ―señaló hacia la boca de un pequeño callejón.

El capitán no pudo evitar esbozar una sonrisa.

―Cualquier armada puede detener a un puñado de mercenarios atacando por un lugar tan estrecho, ¿Qué estaban pensando?

―Al parecer no había soldados en el puerto, fueron unos aventureros los que pararon a los piratas… ―contestó el hombre, cerrando los ojos intentando no pensar demasiado en aquello, mirando hacia el sol para recibir su calor.

―¿Aventureros? ―preguntó Niro.

―No lo sé, eso dijo Rolert, el capitán que los vio, por lo visto desaparecieron justo después, sin poder si quiera agradecerles su trabajo…

Ambos guerreros se miraron.

―Gracias por explicarnos esto, debe ser duro pensar en ello, tratándose de tu pueblo…

―A vosotros por escuchar, mientras los soldados que perecieron sean recordados, su sacrificio no habrá sido en vano… Pasad un buen día ―se despidió.

Los dos amigos tomaron el camino de vuelta hacia la taberna, caminando tranquilamente.

―¿Crees que serán ellos? ―preguntó el capitán.

―No lo sé, ellos harían algo así… pero nunca se sabe.

―No tenemos más pistas de todas formas, supongo que tendremos que encontrar a ese “Rolert” y preguntarle qué vio.

―Un capitán sureño, ¿Cómo piensas preguntarle algo? Si averigua quiénes somos no nos ayudará…

―Todavía no he pensado en eso, pero si no hay otra alternativa tendremos que acorralarlo e interrogarlo…

Len suspiró, pero asintió con la cabeza, en silencio.

Después de pasear un rato al lado del agua, volvieron a encontrarse con los demás miembros del grupo, en la entrada de la taberna.

―¿Habéis encontrado algo? ―saludó Niro.

―Pudimos preguntarle a un anciano vendiendo los pases para cruzar el océano si había algún humano y enano entre esas personas viajando durante las últimas semanas.

―¿Y?

―Ningún humano y enano a solas, pero había dos grupos, ambos contaban con solo un enano… puede que hayan encontrado un compañero durante su viaje… ―comentó la joven guerrera.

―¿Vosotros? ¿Habéis dado con algo? ―añadió.

―Puede ser, nada seguro, tenemos que encontrar a un hombre llamado Rolert, si damos con él podremos saber con certeza si los guerreros cruzando eran ellos ―explicó.

―¿Quién es? ―preguntó Jun.

―Un capitán de la ciudad… ―comentó, ante el suspiro de preocupación del resto, comprendiendo que ir tras un soldado conllevaría más problemas de los que deseaban acarrear.

―¿Sabemos algo de él? ¿O solo su nombre? ―añadió Enua.

―Solo su nombre… Pero estando en un pueblo tan pequeño dudo que sea difícil encontrarlo ―comentó Niro, procurando dar esperanzas al grupo.

―No me preocupa eso, más bien hacerlo y que se nos echen todos los habitantes encima ―replicó la segunda al mando.

―Solo tendremos que ir con cuidado ―intervino Len.

Los cinco caballeros regresaron a la taberna, todos sintiendo la necesidad de comer y relajar la mente durante un rato.

Cuando entraron se fijaron mejor en los detalles del establecimiento, ya que, aquellos frecuentando ese tipo de locales seguía recuperándose en la cama de la resaca que tenían después de beber durante toda la noche.

La única persona que había en pie dentro aparte de ellos era el dedicado tabernero, que llevaba aguantando ese ritmo durante años.

―Hola ―saludó con cansancio al ver entrar a los intimidantes huéspedes.

―¿Queréis comer algo? ―preguntó al escuchar el estómago de los guerreros rugir.

―Por favor, cualquier cosa nos servirá ―contestó Niro.

―¿Cuánto será? ―agregó sacando algunas monedas.

―Diez monedas de plata por todos ―dijo preparando las mesas.

Una vez se sentaron, permitieron bajar la guardia e intentar disfrutar de la comida tradicional hecha en Yenua, pero pensando en su siguiente paso.

―Los dos grupos con enanos partieron hacia Narome, si podemos asegurar que se trataba de ellos sabremos donde tenemos que ir ―comentó Enua, una vez el grupo estuvo más relajado.

―Quizás haya alguien aquí que lo conozca ―añadió.

―¿A Rolert…? ―preguntó Kin algo lento, pensando en la comida que el dueño del establecimiento portaba para ellos.

―¿Buscáis al capitán? ―dijo este, sin poder evitar escuchar su nombre en la conversación.

―¿Lo conoces? ―se sorprendió Niro, pero este contestó risueño.

―Está ahí atrás ―señaló riendo, cuando dejó los platos sobre la mesa, indicando al hombre durmiendo sobre un asiento, en una esquina.

―Oh… ―dejó escapar Enua, viendo el aspecto demacrado del soldado sureño.

―Lleva así desde el ataque, al parecer su familia vivía en aquel callejón, de no ser por unos aventureros que estaban allí hubieran perecido… o eso dice cada noche… bueno, disfrutad de la comida ―los dejó a solas.

―Parece que las lunas nos sonríen ―sonrió la joven dándole un bocado al gran trozo de pescado que tenía delante…

Al sur del desierto

Kean saltó de excitación al divisar por fin tierra firme, siendo él el primero en ver la verde isla en el horizonte, después de varias semanas pudiendo observar solamente un infinito océano a su alrededor.

―¿¡Es eso!? ―preguntó alegre a sus dos compañeros, que lo acompañaban cerca del mascarón de proa.

―Si, ya estamos casi en mis tierras ―contestó Seref, compartiendo la misma excitación que su amigo.

El enano no se había terminado de acostumbrar al movimiento del navío surcando los mares, y aunque había logrado controlar su indisposición, no podía evitar sentir más alegría por volver a pisar tierra firme que por conocer aquel nuevo lugar.

Después de un rato, vieron como la tierra se hacía más y más grande a medida que el barco se acercaba a la costa, y pudieron divisar los edificios de la isla, antes que uno de los tripulantes izara la bandera, queriendo anclar en Turel.

Aquel pueblo tenía una arquitectura totalmente desconocida para el enano y el cazador, siendo la primera vez que veían tantos edificios con cúpulas redondas. El color de los edificios era blanco y dorado, similar al de Yenua, pero aquí todos tenían un aspecto mucho más refinado que los de Odealenia, fascinando a los dos amigos.

―Bienvenidos a Sanera ―exclamó el descendiente feleno, embriagado por una sensación de nostalgia al ver aquel pueblo.

Nidunae y las demás ciudades del continente compartían en gran medida la cultura del desierto, desde la comida hasta las técnicas de cultivo y construcción, por eso al ver las formas de los edificios Seref no pudo evitar pensar en sus conocidos de la capital felena.

Cuando el buque llegó al puerto, se fijaron en los gigantescos bloques blancos de piedra que lo formaban, dándole un aspecto extremadamente brillante bajo la luz del sol.

―Ya estamos aquí ―exclamó una voz detrás del grupo, el capitán del navío se acercó a ellos con una amplia sonrisa.

―Espero que logréis encontrar lo que buscabais, Ibais al continente desde aquí después, ¿Verdad? ―añadió.

―Si… ―contestó Gröm, con cierta impaciencia por bajar al puerto.

―Os deseo suerte, y gracias por vuestra ayuda en el barco ―se despidió, acercándose a otros miembros de la tripulación airoso, alegre por haber cruzado el océano de una pieza.

―¿Vamos? ―preguntó el descendiente feleno haciendo ademán de entrar a los camarotes en busca de sus pertenencias.

―Por favor ―dijo su amigo.

Al coger todo su equipaje y volver a cubierta, vieron como el navío colocaba la rampa de madera para poder desembarcar.

El grupo fue de los primeros en bajar, siendo recibido por las múltiples miradas curiosas de los nativos, en su mayoría felenos. Incluso tratándose de un lugar transitado, había pocos enanos en aquel continente, siendo Gröm el que más llamaba la atención de los tres aventureros.

―Tenemos que preguntar por otro navío que vaya hacia el continente ―murmuró Seref apenas minutos después de haber bajado del barco.

―Por favor, esperemos al menos un día antes de volver a pisar un buque… ―alegó el guerrero neari, todavía mareado.

Los dos humanos no pudieron evitar sonreír.

―Está bien, está bien ―dijo el descendiente feleno.

―No te preocupes, este viaje durará apenas un par de días, incluso menos si tenemos el viento a nuestro favor ―sonrió.

―Igualmente, estará bien descansar antes de partir. ¿Dónde nos podemos quedar mientras tanto? ―preguntó Kean.

―Tendremos que buscar algún establecimiento donde dormir y guardar nuestras cosas ―añadió mirando las calles al lado del puerto, sin poder encontrar ninguna taberna, o al menos no una parecida a las que acostumbraba a ver en Odealenia.

Los edificios eran aún más majestuosos de cerca, estos habían sido construidos enteramente de una piedra blanca cortada con gran precisión, y las cúpulas de los edificios le daba un aspecto similar a una especie de palacio, a pesar de tratarse de hogares y establecimientos comunes, fascinando a Kean y Gröm. También se fijaron en algunas lámparas que esta tenía por las calles del pueblo, conteniendo una variante del polvo que Seref había utilizado en varias ocasiones para ayudarse a combatir. Pero allí era usado para dar luz de diferentes colores a las calles cuando la noche llegaba, apenas pudiendo percibirse durante el día.

―Son algo diferentes ―comenzó a explicar el descendiente feleno.

―Dentro suele haber cojines y varias de las luces que veis arriba, normalmente sin usar luz natural en el interior, creo que os gustarán… a ver si logro encontrar alguna ―continuó.

Mientras seguían por las calles de la pequeña ciudad costera, Kean se fijó en como la mayoría de mercaderes tenían sus propias tiendas dentro de los edificios, habiendo apenas un puñado de personas vendiendo sus productos en las calles. La mayoría miraba brevemente al grupo… el cazador nunca había visto tantos miembros de aquella especie juntos, y no pudo evitar sentirse fuera de lugar. El hecho de encontrarse en otro continente le parecía lo suficientemente surrealista de por si, sin haber salido jamás del imperio…

Fijándose en las calles de la ciudad, no pudo evitar sentir una mirada sobre él, una diferente a la de los habitantes.

Mientras Gröm y Seref continuaban sin inmutarse por la atención que estaban llamando, él se detuvo y comenzó a mirar a su alrededor, incomodo.

Al fijar su vista en una esquina, donde varias personas transitaban, logró verlo, una figura que había clavado su atención en él, pero al mirar más detenidamente, su corazón dio un vuelco, horrorizado; después de observar sus vestiduras, alzó la vista y pudo ver que carecía completamente de rostro. Pero podía sentir claramente en su consciencia como había llamado su atención, siguiéndolo con la cabeza, sin ojos, pero viéndolo…

Kean dio un respingo, llamando la atención de sus amigos.

―¿Qué ocurre? ―preguntó Gröm, notando su nerviosismo, viendo como comenzaba a sudar.

―Ahí… ―señaló con la mano, pero cuando volvió su mirada al misterioso ser, este estaba trabajando al lado del edificio, mirando hacia otra dirección.

Kean reunió el coraje suficiente para acercarse, a pesar del miedo que sintió y se puso enfrente… pero solamente encontró a un joven vistiendo el mismo ropaje, mirándolo extrañado cuando se aproximó.

―¿Qué ocurre…? ―repitió el enano, poniendo la palma de su mano sobre la espalda de su amigo, viendo que algo estaba fuera de lugar.

―No… no lo sé… ―logró decir, confuso. Estaba seguro de lo que había visto, y que esa era la misma persona…

―Vamos… ―lo animó el enano.

―Creo que Seref ha encontrado un lugar donde quedarnos esta noche.

Los dos amigos aceleraron el paso, acercándose al descendiente feleno, un poco más adelante, esperándolos.

―¿Todo bien? ―preguntó cuando se acercaron.

―Si… mejor os lo cuento después… ―logró decir el cazador.

Ambos lo miraron extrañados, pero asintieron con la cabeza, abriendo la puerta del curioso establecimiento.

Cuando entraron, los dos forasteros miraron con suma atención los detalles en el interior, una tenue oscuridad inundaba el lugar, pero varias luces de colores le daban un tono cálido, permitiéndoles ver. Había pequeños habitáculos con cojines desperdigados por los suelos, de una manera sorprendentemente ordenada, y un olor a hierbas provenía desde el interior, donde varios ancianos bebían y fumaban con suma tranquilidad.

―Oh ―exclamó Gröm, no habiendo probado de su pipa durante toda la travesía.

―Disculpa ―alzó la voz Seref, mirando al que parecía llevar el lugar.

―¿Tenéis alguna habitación para dormir esta noche?

―Oh, buen día ―saludó el feleno, mirando con especial interés al enano.

―Por supuesto, cada una cuesta diez monedas por noche.

Al oír aquellas palabras los tres aventureros suspiraron con cierto alivio, ansiando descansar en un lugar que no siguiera el movimiento de las olas.

―Tomaremos tres entonces ―ofreció el dinero Seref, ante la sonrisa del hombre.

―Venís de Odealenia, ¿Verdad? ―preguntó, cediendo a su curiosidad.

―Es la primera vez que albergo un enano en mi local ―añadió con cierta emoción.

―Si, venimos de Yenua, bueno, el barco que nos ha traído partió desde allí, yo vengo de Heidfen, en las montañas ―explicó el enano.

―Oh, siempre he soñado con ver las cordilleras, en la isla la montaña más grande es solo un poco más alta que el faro del puerto… ―rió este, incorporándose.

―Venid, por aquí, os mostraré vuestras habitaciones ―ofreció amablemente mientras tomaba el dinero que Seref le ofrecía.

Mientras los guiaba, se fijaron en diversos detalles del edificio, estaba construido con mármol, pero algunas partes no habían sido pulidas lo suficiente como para darle ese aspecto brillante, característico del material, haciendo que las paredes pareciesen más oscuras, aunque siempre iluminadas por varias lámparas de cristal conteniendo el misterioso polvo que Seref utilizaba, tornando de diferentes colores los pasillos y habitaciones.

La fría piedra ayudaba a mantener el calor afuera, ya que en gran parte del continente era extraño pasar frío, al contrario que Odealenia.

Las decoraciones que colgaban de las paredes eran en su mayoría lienzos con paisajes del desierto u oasis dentro del mismo, así como diversas alfombras con vivos colores por el suelo, siendo sumamente acogedor.

―Aquí tenéis, las llaves de vuestras habitaciones ―dijo el feleno al llegar donde se hospedarían.

―Muchas gracias.

―Si necesitáis algo más no dudéis en preguntar.

Los tres aventureros entraron a sus respectivos cuartos, siendo extremadamente similares entre ellos.

Dentro había una cama, una robusta mesa de madera y una pequeña ventana que daba al exterior, dejando entrar un poco de luz solar, detalle que agradecieron después de ver la falta de iluminación en el interior de la excéntrica taberna…

Narome

Seref y Kean decidieron explorar la pequeña ciudad felena a pesar del cansancio acumulado, dejando al enano en la taberna, siendo el único que realmente necesitaba reposar y recuperarse del viaje…

Ambos humanos llamaban menos la atención en el pueblo, relajando al cazador, especialmente después de la visión que había tenido momentos atrás.

―¿Qué quieres ver? ―preguntó el descendiente feleno, notando el ligero nerviosismo de su amigo.

―No lo sé, ¿Es muy grande este pueblo?

―No mucho, podemos salir a las afueras, también me gustaría ver que hay allí.

Los dos humanos se dirigieron por las transitadas calles de Turel. Una vez en las afueras, vieron como varias palmeras y diferentes tipos de vegetación colmaban el exterior del pueblo, y al dar con la salida, vieron la playa frente a la ligera jungla que se extendía por varios kilómetros hacía el interior, sin resultar tan densa como el bosque de Zinja, o incluso al que estaban acostumbrados en el imperio. Sin duda aquel paisaje era uno de los más hermosos que el cazador había visto en su vida.

―¿No hay invierno aquí? ―preguntó sorprendido por el calor en aquellos meses de supuesto frío.

―No, hay varios lugares como este en Sanera, pero el calor perpetuo también está haciendo que desaparezcan, el gran desierto lleva ganando terreno desde que mi civilización tiene memoria…

―Lo verás cuando lleguemos al continente, aquí todavía no ha llegado, quizás estén a salvo en una isla… ―explicó.

―Todos los lugares tienen sus problemas ¿Huh? ―murmuró Kean.

Seref solamente sonrió, asintiendo, de acuerdo con aquellas palabras.

―¡Oh! ¡Mira! ―exclamó el cazador, mirando hacia la vegetación.

Seref fijó su mirada donde su amigo señalaba, viendo una gran sombra oscura, mirándolos.

―¡Una pantera! ―dijo emocionado nada más ver al grandioso felino acechando desde las ramas en la jungla, demasiado lejos como para suponer una amenaza.

Kean nunca había visto ni escuchado nada de aquel animal, el único felino con el que había tenido trato eran los gatos callejeros que vivían en Ner, y ver uno cinco veces su tamaño le fascinó de inmediato.

―¿Es peligroso? ―preguntó excitado.

―Si, aunque lo es más estando dentro de la jungla, ahí puede atacar por sorpresa… Aquí no nos hará nada, menos estando tan cerca de la ciudad. Tengo entendido que hay más animales en Narome, dentro del desierto hay otro tipo de felinos, pero nunca he visto ninguno, solamente aquellos que capturan y mantienen adiestrados en la capital…

―¿La gente adiestra panteras allí? ―preguntó sorprendido.

―Oh, no solo panteras, todo de animales. Eso fue una de las cosas que más me sorprendió al llegar a la capital imperial, casi nadie tenía animales consigo, excepto quizás algún gato o perro…

―Bueno, en Gur tenían los bijuares… ―recordó a los grandes lagartos de la ciudad subterránea.

Kean esbozó una sonrisa.

―Esos me sorprendieron hasta a mí ―rió, recordando la figura que había comprado en la capital enana representando uno de los fascinantes animales.

Los dos amigos continuaron caminando por la gigantesca playa, después de ver aquel felino en la maleza decidieron evitar la jungla, por muy tentador que fuese explorar la excéntrica vegetación.

Al poco de caminar, observaron un pequeño fuerte encima de una elevación en la playa, apenas con espacio para un pelotón dentro. Este estaba tan desgastado por el paso del tiempo y los elementos, que dudaban de si pudiera resistir cualquier tipo de asalto en la actualidad.

―¿Vemos qué hay dentro? ―preguntó el descendiente feleno.

―Está bien ―dudó su amigo, queriendo evitar cualquier tipo de problemas, cediendo.

Los dos compañeros se acercaron a la elevación que daba con el pequeño fuerte, mientras subían podían escuchar las olas romper contra el acantilado debajo, acompañado por el sonido del viento costero, dándoles una extraña sensación de tranquilidad mientras subían.

Cuando dieron con la entrada de la antigua construcción, se fijaron en el ruinoso estado de esta. Uno de los grandes portones había colapsado sobre su peso, y ambas estaban totalmente secas y debilitadas por la sal en el ambiente, dándoles acceso al interior.

―Iré primero ―comentó Seref, admirando la anciana construcción antes de adentrarse.

En el interior el calor del sol no les alcanzaba; las diversas paredes de piedra se encontraban a la temperatura ideal y sintieron ganas de quedarse durante unos instantes.

Ambos se fijaron en los detalles que el pequeño fuerte exhibía en el interior, no contenía ningún tipo de mobiliario ni herramienta dentro, dejando tan solo marcas y bloques de piedra desnuda, dándole un aspecto solitario, pero Seref había esperado aquello, buscando tan solo un lugar desde el que poder observar el paisaje que ofrecía la gran isla.

Nada más entrar, vieron una estrecha escalera frente a la puerta, mostrando que aquella construcción no era demasiado espaciosa.

―¿Aguantará si subimos? ―preguntó con cierta preocupación el cazador.

Su amigo comenzó a reír.

―Por supuesto, si se ha mantenido en pie durante todos estos años no se caerá con nosotros encima, no te preocupes ―contestó a medida que las comenzaba a subir.

Mientras se acercaban a la cima, un extraño sonido proveniente de arriba los alertó.

―¿Qu… quién va…? ―exclamó una voz, en un tono alterado.

―¿Hola? Solo queríamos ver la cima de la torre, no era nuestra intención asustar a nadie… ―dijo Seref mientras terminaba de subir los últimos escalones.

Cuando estuvo arriba vio una escena un tanto miserable, un feleno, más delgado de lo habitual se encontraba ahí arriba, portando ropas inusuales para cualquier persona del desierto o la isla, apoyado sobre una de las paredes de piedra que hacían de baranda.

―¿No me vais a hacer nada…? ―añadió temeroso este, fijándose en el arma que portaba el descendiente feleno así como el arco a espaldas del cazador.

―Tranquilo, solo queríamos ver el paisaje ―señaló hacia el horizonte, falto de nubes.

Aquella hora del día era perfecta para observar la distancia desde aquel punto, el océano reflejaba la luz solar hacia ellos, pero la brisa marina soplaba sin cesar, resultando agradable. Kean se fijó en Turel, desde ahí podían ver una gran parte del pueblo costero, haciéndose por fin una imagen mental del tamaño de este.

―¿Cómo te llamas? ―preguntó Seref, mirando con tranquilidad al feleno, desconfiado de los dos individuos que habían invadido el lugar que eligió para descansar.

―Bix… ―murmuró.

―Yo soy Seref, y Kean, un amigo que conocí en el otro continente ―se presentó de buen humor.

―¿Qué haces aquí? ―preguntó el cazador procurando no sonar demasiado agresivo.

El feleno dudó un instante, pero al ver que los dos aventureros no suponían una amenaza comenzó a explicar su historia.

―Vengo de una tribu en la jungla, anoche fui perseguido por una pantera, la pude ver acechando en la oscuridad, pero logré escapar hasta aquí, por suerte no me siguió una vez llegué a la playa…

―Oh, creo que la hemos visto hace un momento, cerca del pueblo ―comentó el descendiente feleno, recordando el intimidante felino.

―¿Está cerca? ―dijo preocupado.

―No sé, fue hace unos minutos, así que supongo… pero no te preocupes, no atacará a un grupo de tres durante el día. ¿Necesitas ir a la ciudad? ―preguntó Seref.

El feleno dudó, pero asintió con la cabeza.

―Te podemos acompañar si quieres, nosotros acabamos de venir desde allí.

―Necesito vender esto y llevar el dinero a mi aldea…

Ambos amigos vieron como abría una pequeña bolsa de cuero, con una gema similar a la que habían recuperado y regalado a Freia en Yenua, pero con un color mucho más puro.

―¿Dónde has conseguido eso…? ―dijo sorprendido Seref, consciente del gran valor que aquellas piedras podían llegar a tener.

―No la he encontrado, pertenece a mi gente… hace unos días una plaga terminó con todas nuestras provisiones para el resto del año… necesito intercambiarla por dinero y comida para llevar de vuelta, o no podrán sobrevivir…

Los dos aventureros se miraron, pero antes de poder comentar nada, Bix comenzó a reír, desconcertándolos.

―¿…Necesito ayudarles? ¿Cómo podéis saber que estoy diciendo la verdad? ¿Por qué os lo contaría a vosotros? Dos desconocidos… ―el tono de aquel aparentemente frágil individuó cambió a uno totalmente diferente, alertándolos súbitamente.

Antes de lograr preguntar que ocurría, este saltó desde aquella altura, para la sorpresa de ambos, pero en vez de caer directamente sobre el suelo, aquel feleno logró agarrarse ágilmente de varios salientes que la erosión del edificio había revelado, logrando llegar abajo ileso en apenas segundos.

―¿…Qué ha sido eso? ―se preguntó Kean en voz alta, totalmente confundido, recordando la persona sin rostro que había visto nada más desembarcar, y ahora sorprendido por aquel lunático…

Ambos se asomaron para ver donde iba aquel perturbado personaje, y vieron como este corría hacia la jungla con suma agilidad, siendo la primera vez que el cazador veía un feleno acelerar a toda velocidad cerca suyo.

En apenas segundos alcanzó la maleza y se adentró sin pensarlo dos veces, perdiéndolo de vista poco después, dejando a los dos amigos desconcertados sobre la pequeña fortaleza.

―¿…Volvemos al pueblo? ―preguntó Seref, dando otro vistazo a la vista que tenían frente a ellos, confuso, pero procurando no darle demasiada importancia.

―¿Sabes algo de una persona sin rostro…? ―dijo Kean, pillándolo por sorpresa.

―¿Alguien sin rostro? ¿Sin cara? No… ¿Por qué?

―En el pueblo, antes vi alguien así, por eso me acerqué a ese hombre al desembarcar, pero cuando estaba a su lado solo se trataba de otra persona normal y corriente… ―explicó.

―Es la primera vez que escucho algo así… ciertamente hay varias leyendas en el desierto, pero no he oído nunca de alguien sin cara… ¿Y si era algún tipo de mascara…?

―No lo parecía, era demasiado real… No sé qué pensar, parece como si lo sobrenatural nos persiguiese desde que dejamos Ner… ―contestó temeroso de aquella visión, seguro de lo que había visto.

―Volvamos a la taberna, podemos preguntar ahí si quieres, además, la caminata me ha levantado el apetito.

―Me gustaría mantenerlo entre nosotros, no quiero parecer un lunático nada más llegar a un nuevo continente ―medio bromeó.

―Está bien, si logramos alcanzar Nidunae en algunas semanas recuerda lo que viste, podemos ojear la gran biblioteca si lo prefieres ―propuso Seref.

El cazador asintió en silencio, agradecido de la tolerancia que sus amigos tenían con él a pesar de todos los extraños cambios que su cuerpo había sufrido, mejorando sus sentidos… o la búsqueda de Vysarane y su relación con él a través de su amiga, así como aquel extraño acontecimiento ahora… nunca se hubiese sentido cómodo explicando estas cosas a cualquiera.

―Vamos, seguramente Gröm se encuentre mejor, podría jurar que ese enano está hecho de piedra ―dijo riendo, procurando apartar aquellos pensamientos de su mente…